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Las cuenteras

Juliana Muñoz Toro

09 de septiembre de 2022 - 10:00 a. m.

Érase una vez, en tierras muy lejanas, mujeres que caminaban de pueblo en pueblo para contar historias. Convocaban a todo aquel, sin importar su edad, que quisiera algo de compañía, de entretención. Encendían una hoguera y aprovechaban sus sombras para hablar de brujas y criaturas de la noche. Distorsionaban su voz y aseguraban que en verdad habían visto aquellos espantos.

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Algunos tenían pesadillas, pero muchos otros encontraban al fin una figura para entender lo desconocido. Hacía falta darle un rostro a la maldad, a la ira, a la trampa. Se materializaba el miedo, pues así se podía soñar con una forma de combatirlo. A los duendes había que rezarles, a las brujas, quemarlas; al diablo, ignorarlo. Pensar eso era más fácil que enfrentarse a una monarquía para mermar la pobreza, más rápido que acabar una peste, mejor visto que enseñarle a leer a un trabajador del campo. El miedo siempre ha convencido más que la razón. Pero ellas no querían eso. O eso creo. Querían unir con palabras. Convertir en fantasía algo de la oscuridad.

A veces hilaban, a veces tejían, y los cuentos se iban alimentando de aquellas labores. De ahí que una princesa pudiera hilar paja y convertirla en ovillos de oro, que la Bella Durmiente se pinchara con una rueca, o que una huérfana tejiera abrigos para que sus hermanos cisnes volvieran a ser humanos.

Abrigaban del frío del invierno con su voz. A veces movían las manos sin agujas y con ellas iban elaborando bosques de hadas. Digo, se decía, que eran mujeres porque gustaban de replicar las historias oralmente. Cuando llegaron los hombres, estos prefirieron reunirlas y escribirlas. Se cree, de hecho, que los Hermanos Grimm, más que autores, eran antologistas, una labor no menor, claro.

Llegó el tiempo en que a la gente se le fue olvidando que eran cuentos y no realidad. A las mujeres muy bellas, muy sabias, muy rebeldes, muy curanderas, las llamaron brujas y las quemaron. Aquel que fuera llamado “diferente” lo convirtieron en criatura del diablo. Al que hablara demasiado lo tildaron de loco, hechizado, y lo mejor era encerrarlo.

Llegó el tiempo en que algunos olvidaron a aquellas mujeres, pero nunca se olvidaron de sus historias. Hasta mi madre sabe sus cuentos. De niña me contaba que a una tía se la había llevado un duende, para no decir un hombre. O una bestia. Que La Llorona merodeaba por el río, para no decir que en el río flotaba un muerto. Que a mi abuela la visitó la mortajita para que dejara de llorar a su hija, para no hablar del duelo. Y mientras me contaba cosía en su máquina. Noche y día.

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