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26 Aug 2022 - 1:17 a. m.

Llamarse fuego

ENTRE LÍNEAS

Hay un animal que camina por este libro. O varios. O quizá es la misma narradora que mira una sombra de sí misma, y se teme, y por eso arde. Hubiera querido llamarme fuego (Sílaba), de María Mercedes Andrade, es una selección de cuentos, poemas o retratos. Es un libro que huye a las definiciones, que quiere ser un género en sí mismo. Dice Ricardo Silva Romero en la contraportada: “es una suma de réquiems, un enjambre, mejor, de nostalgias o de duelos”.

Yo diría que es un libro animal, “ese algo fugaz que era como un relámpago, un sombra, ese movimiento que no dejaba rastro, esa cosa que era y no era, que estaba y no estaba, o mejor, que era siempre un haber estado, un haber pasado, un haber sido”. Ese algo desacomoda todo levemente, pero ella, la protagonista, siempre lo nota y por lo mismo nunca alcanza el orden deseado. Se obsesiona. El animal, el caos, lo sabemos, está en su cabeza, que es al tiempo la nuestra. No sé si hay algo de autobiográfico en este libro, no importa, pero sí que hay algo de la biografía de quien lo lee.

Hay un animal que solo ella parece ver, que la atormenta, que la vigila. Siente un encierro de sí. Y, si no lo ve, es porque ya está adentro: “Supo que tenía un insecto dentro del pecho. (…) abandonada al animal que se abría campo dentro de su tórax, con la esperanza de que, llegado el momento, lo que naciera, en vez de escarabajo, fuera mariposa”. Las metamorfosis hacen parte de ser humano también, ya lo sabía Kafka. Pero así como repudiamos las propias, admiramos las ajenas: “Otras veces tu voz se asemeja a un aullido (…). A veces me pregunto qué será este engendro de carne que construyes”. Somos escarabajos y el ser deseado es un lobo. Habrá que acariciarlo antes de que ocurra la herida, el desgarro: “Con la yema de los dedos toco lentamente tu cara, amasijo de arcilla, piedra yerta, terrón de sal. Con la punta, apenas, de los dedos dibujo tus cejas, burdas estelas hirsutas que alguna vez puntuaron nuestras conversaciones”.

La ira y el dolor también son animales. Por eso hay que sacrificarlos, como a un hijo, por eso hay que construir dioses y pruebas y paraísos: “Háblales como tú quieras, Señor, a través de un árbol rojo o a través de una tormenta, y diles que yo solo te obedecí. Ya antes has pedido tú ese sacrificio, y no soy la primera persona que deba responder a tu llamado”.

Solo hay una salvación: dejar de ser animal, incluso mujer. Llamarse fuego o, mejor, planta: “Hace calor, y un rayo de sol juega con las puntas de mi pelo. Las hojas esconden mi cuerpo transparente y un tenue olor de geranios me adormece. Estoy segura de que pronto comenzaré a florecer”. Eso, había que ser geranio y no mariposa. Había que abandonar los nombres, y los hombres, y ser palabra.

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