Hace un tiempo, en Cali, el público abucheó a Andrés Calamaro por defender las corridas de toros, comparar las leyes antitaurinas con las purgas de la inquisición y salir del escenario molesto, luego de que nadie celebrara sus comentarios. Hubo un debate mediático entre melómanos, se habló de cancelar a ‘El Salmón’ y no escuchar más su música, pero, como siempre, todo pasó al olvido.
Más de un año después, Calamaro volvió a cantar en Colombia y el público volvió corearlo. Volvió, además, a insistir en su defensa de la tauromaquia, pero esta vez lo hizo hurgando en un dolor vigente para colombianos, el terremoto del pasado 10 de agosto. “Lo único que se mantuvo en pie fue la plaza de toros”, dijo refiriéndose a Cali, “por eso dicen que lo bueno dura para siempre”.
Equivocado, desafortunado y muy oportunista.
Si algo demostró la gente con el terremoto en Cali fue su amor por la vida y su empeño en protegerla: compasión genuina ante la vulnerabilidad del otro. Algo que, dice Norbert Elías, es el motor de la civilización. Asumir progresivamente la violencia y la crueldad como actos repugnantes e innecesarios es el lead del desarrollo humano. Cosas que hace siglos eran celebradas, como sacrificios o ejecuciones públicas, son ahora deleznables gracias a la evolución social.
Miles de personas removiendo escombros en Cali motivados únicamente por la empatía y la necesidad de evitar el sufrimiento de otros es algo diametralmente opuesto a la violencia y a la crueldad. Es la civilización. Cientos de personas en una plaza de toros haciendo de la tortura un espectáculo y celebrando el sufrimiento de un sintiente –en referencia a la definición utilitarista de Peter Singer: sintiente es que puede reconocer dolor y placer–, en este tiempo y este lugar, es primitivo. Es una anomalía sociológica.
Y un hombre, haciendo uso de la distinción que le da ser un músico reconocido y admirado, defendiendo la tortura a través de un discurso oportunista en el que celebra por igual la lucha comunitaria de la vida y crueldad pública como rito social es incoherente, irresponsable y, sobre todo, insensible.
Ya estuvo bueno de Calamaro y las corridas de toros.