Esta semana, Txus di Fellatio, el baterista y líder de Mägo de Oz, cumplió 56 años. Sea, entonces, esta la oportunidad para hablar de la banda y sus más de 40 años de existencia. En cuanto a Mägo de Oz, las opiniones están divididas: a los puristas les molesta esa suerte de “abaratamiento” del heavy metal y al resto, les gusta. Y por “el resto” me refiero al público masivo que llena sus conciertos y corea sus canciones. Un público que también escucha salsa, boleros, baladas y ska.
Lo cierto es que Mägo de Oz encontró cómo salir del nicho sin desdibujar el género y hacerse popular. A mi juicio, las razones son varias. Por un lado incluyó en su formato la flauta y el violín, y les entregó roles solistas, permitiendo que la estridencia de los riffs de guitarra –tan propios del metal– se hiciera más sutil. Eso le permitió entrar en los gustos de otras generaciones y otra clase de melómanos.
Por otro lado, incorporó guiños a ritmos tradicionales iberoamericanos: las jotas, los pasodobles y las muñeiras, en el caso de España, y los huaynos, sanjuanitos y yaravíes en el caso de Suramérica. Fue así como logró sonar en las emisoras de radio: creando puentes entre un estilo musical nacido en Inglaterra y otras culturas. Una vez en los diales, la conexión con el oyente mainstream fue mucho más directa.
Y por el otro, se nutre de referencias extramusicales: la literatura, con canciones inspiradas en Don Quijote, de Cervantes; Alicia en el país de la maravillas, de Lewis Carroll; El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, y Canción de otoño, de Paul Verlaine; la mitología, con sonidos celtas e historias de heroísmo; y a los relatos de descolonización que se han puesto sobre la mesa durante los últimos años: discos como Gaia, cuestionan la conquista del mal llamado “nuevo mundo”, el papel preponderante de la iglesia y su deuda histórica con la ancestralidad.
Para mí, más que desdibujar un género de culto –que además se ha convertido en identidad–, se trata de expandirlo y lograr mayor representación social en su música.