Hay algo que me resulta ingenuo: el miedo de la clase media a los gobiernos de izquierda. Créame, a menos de que la suma de sus ingresos y bienes ronde los 35.000 millones de pesos, usted está completamente a salvo. Si no pertenece al 1 % de millonarios del mundo, ni al 0,08 % de los de Colombia, el aumento del salario mínimo, el pago de horas extra, la transición energética o que los subsidios sean ahora derechos, no lo afecta en nada. Al contrario.
Las escuelas económicas coinciden en algo: un obrero es alguien que entrega su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Y por fuerza de trabajo me refiero a su tiempo, su esfuerzo, sus habilidades y sus conocimientos. Cualquier persona que entre en esta dinámica es parte de la clase obrera. El panadero, el maestro, el deportista, el actor de televisión, el administrador, el director, en fin. Yo, que escribo esta columna.
Un gobierno de izquierda tiene como premisa el bienestar del proletariado y orienta sus políticas públicas hacia el cuidado y la protección de la clase media y las clases vulnerables, que para el caso colombiano suman casi el 70 % de la población. Pensemos un momento en los gobiernos de izquierda que existen en Latinoamérica: Brasil está clasificado por el PNUD como un país con desarrollo humano muy alto, baja inflación, más poder adquisitivo y menor desempleo; México aumentó el salario mínimo, invirtió en programas sociales, disminuyó la desigualdad y, contrario a lo que todos suponen, recibió una inversión extrajera constante, y Chile -durante el gobierno de Boric- creció en más de seis puntos el PIB.
El caso colombiano es bien conocido por todos y por eso no voy a entrar en detalles. Pero pregunto de forma retórica: ¿cuántos obreros de clase media y baja fueron expropiados de sus casas? ¿Cuántos bajaron su nivel de vida? Ninguno. Todo lo contrario. Si un ciudadano no se siente al borde de la supervivencia, compra libros, va a restaurantes, visita teatros, viaja. Y cuando eso ocurre gana el librero, el de la tienda, el actor, los empleados del aeropuerto. Pensar en el bienestar de quienes dependen de su fuerza de trabajo para sobrevivir, es pesar en un bienestar colectivo que empuja el desarrollo social y el crecimiento económico. Que no nos gane el miedo obtuso y la simpleza de pensamiento.