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Ayer se cumplieron nueve años de la muerte de Elkin Ramírez, voz líder –y líder, valga la redundancia– de la agrupación Kraken, una de las grandes contraculturas colombianas de la década de los 80. Y cuando digo contracultura, me refiero a una disidencia doble: en su entorno mainstream y en su propio nicho.
La primera es, quizá, la más obvia. En una industria que para entonces sonaba a música tropical, a cumbia, vallenato y carrilera, aparece una banda de influencias británicas, con sonidos estridentes, agresivos y en absoluto bailables. En una cultura conservadora y tradicional, se proyectan rebeldes y anarquistas con las convenciones sociales. En una ciudad católica adoptan una estética oscura que alimenta prejuicios y escandaliza creyentes incautos. Es la contracultura del heavy metal.
La segunda, podría entenderse como una suerte de rebeldía dentro de su propia cultura metalera. En un nicho de voces agresivas, se decantan por una voz líder melodiosa y sutil en sus diferentes registros. En un universo musical de letras directas y punzantes, eligen la poesía: metáforas, “llueve miedo en mi interior, un otoño en flor”; hipérboles, “en súplicas de amor me he convertido”, y oximorones, “corcel herido, rico en pobreza”. Y siendo una subcultura urbana promueven en sus letras conceptos filosóficos como la Verdad platónica, absoluta y con mayúscula, el amor fati de Nietzsche, las máscaras de Bauman, y el estoicismo.
Kraken no solo replicó en Colombia un género europeo, construyó una identidad propia y representó para los jóvenes de los años ochentas y noventas una forma de ver el mundo. Una sed de reflexión y trascendencia que ante muchas miradas, hasta entonces obtusas, des-satanizó el rock y el heavy metal. De ahí que Elkin Ramírez tenga más que merecido el sobrenombre que lo inmortalizó: Titán.
