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Laura Galindo
Dolly Parton hizo todo con las uñas. Y no me refiero solo a la famosa anécdota de cuando, usando sus uñas acrílicas como instrumento de percusión, escribió “9 to 5”, una canción que denuncia la explotación laboral: “working 9 to 5, what a way to make a living!”. Me refiero, sobre todo, a la forma en que partiendo de una total desventaja –ser mujer, compositora y joven en una industria tan machista como el country– construyó una carrera exitosa y millonaria.
En el 2015, Keith Hill, un consultor de radio, reconoció abiertamente la estrategia de programación que usaban las emisoras de country: “Si quieres buenas audiencias, no toques canciones de mujeres seguidas. Considéralas los tomates de nuestra ensalada. En una ensalada, los tomates son un adorno”. Si esto ocurrió hace 11 años, piensen por un momento en la industria que le tocó a Dolly Parton hace 50: brechas salariales inmensas; canciones que cosificaban a las mujeres y las reducían al estereotipo de “la buena esposa”; vetos de autoría, y un mundo liderado por hombres blancos, heterosexuales y conservadores.
Para cada uno de esos obstáculos, Parton encontró solución. Se montó en lo que Susan Sontag describió como estética Camp, una exacerbación de lo artificial y lo exagerado, con el fin de satirizar ciertas lógicas sociales. La forma predomina sobre el fondo porque el fondo es vacuo y merece ser burlado. Por ejemplo, en una cultura que quería mujeres delicadas, amas de casa, vírgenes y devotas, Dolly Parton optó por una peluca enorme, zapatos de tacón, maquillaje pesado y uñas acrílicas. En una sociedad en la que la infidelidad en los hombres era señal de virilidad, pero en las mujeres mala conducta, criticó el doble rasero y escribió “My mistakes are no worse than yours just because I’m a Woman”.
Y en un mercado en el que, cuando se trataba de artistas mujeres, los derechos de autor pertenecían al manager, el productor o cualquier otro empresario varón que estuviera involucrado, fundó su propia compañía de publicación, Velvet Apple Music, y ejerció como editora musical de sus canciones. Dolly Parton entendió el valor de la autoría y lo demostró cuando en 1974, Tom Parker, manager de Elvis Presley, le propuso que Elvis grabara una versión propia de “I will always love you” a cambio del 50 % de los derechos de autor. Pese a que era una oportunidad de internacionalizar su música y escucharla en la voz del mismísimo Rey del Rock, Parton declinó la oferta. Casi 20 años más tarde, en 1992, “I will always love you” fue grabada por Whitney Houston para la película El guardaespaldas y no solo reventó en ventas sino que se convirtió en una de las más memorables de la historia. El crédito, desde luego, fue y será siempre, todo para Dolly Parton.
