Hoy, hace 59 años, Gerardo Masana fundó Les Luthiers, una de las vanguardias más longevas de la cultura popular en Latinoamérica. Lo que en apariencia fue un grupo de música y sketches de humor, llegó a ser la manera más inteligente y efectiva de luchar contra la censura y de criticar un sistema violento a través de la sátira de sus propias lógicas. Aprovecho la coyuntura –y la efeméride, por supuesto– para recordarlos.
En 1967, Juan Carlos Onganía llevaba un año como cabeza de la dictadura argentina. Perseguía cualquier muestra de pensamiento crítico y, con el pretexto de defender la Doctrina de Seguridad Nacional –que no era más que corporativismo católico y ultra conservador–, prohibió todo lo que no estuviera alineado con lo que a su juicio eran valores cristianos, familia tradicional y erradicación del comunismo. En esa lista estaban incluidas canciones, obras de teatro, libros, ensayos, poemas e, incluso, palabras: “proletario”, “clase obrera”, “revolución”, “desaparecido”, “sindicato”, “divorcio” o “lesbiana”.
Para sonar en la radio y presentarse en escenarios sin terminar exiliado, el arte debía ser obediente y sumiso con la junta militar. Y fue ahí cuando Les Luthiers se convirtió en algo magistral. Usaron las lógicas de la burguesía –la ropa, la academia y la alta cultura– para crear una serie de actos en los que, con extrema agudeza, hablaban de colonialismo, racismo y supremacía blanca sin que la dictadura se sintiera aludida. Fueron los tejedores del traje nuevo del emperador, como en el cuento de Andersen.
En la ‘Cantata de Don Rodrigo’ narran las gestas de un conquistador ficticio, Don Rodrigo Díaz de Carreras, que llegó a América en 1491, un año antes de Cristóbal Colón. Contrario a la historia oficial, Don Rodrigo entró por el sur del continente y fue subiendo, luego de ser desairado y burlado por los indígenas, hasta llegar al Caribe. En lo que parece la sátira inocente de las torpezas de un antihéroe, hay un mensaje claro: nadie “descubrió” a nadie, aquí ya existíamos. Desde luego, el relato era demasiado perspicaz para que le cayera el veto de la junta militar.
En ‘Cartas de color’, hay un intercambio epistolar entre dos integrantes de una tribu africana, Yoghurtu Nghé y su tío Oblongo. Yoghurtu escribe desde Estados Unidos, lugar al huyó luego de ser descubierto en un amorío con la esposa del jefe de la tribu. Su sueño es volverse un cantante famoso, así que le pide a Oblongo un par de palabras mágicas para hacerlo. Todo el tiempo, Les Luthiers caricaturiza la manera en que los blancos se asumen superiores a los negros y desconocen su cultura. Al final, es esa misma cultura, la diáspora africana, la que le permite a Yoghurtu volverse una estrella del jazz, música culta para los argentinos.
Y en ‘¿Quién mató a TomMcCoffe?’, una parodia de los relatos policiales estadounidenses, una pianista negra y ciega es interrogada por dos detectives tras un asesinato. La encuentran tocando y la llaman con señas; “es ciega”, les explican, “no puede verlos”. Los detectives proceden a gritarle: “¡negra!”. “Es ciega”, repiten, “no sabe que es negra. Cree que es polaca”. Cuando se resuelve el caso, el público se da cuenta que la pianista ha fingido ser ciega. Ahí está la crítica, la pianista es Argentina –con mayúscula–, que finge ser ciega para no reconocerse negra, pobre o latina y seguir soñando que es europea.
Ojalá a Colombia no le pase lo mismo, porque Les Luthiers se retiró en el 2023 y ya no puede abrirle los ojos.