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Se acabó la edición número 38 de la Feria Internacional del libro de Bogotá y, como todos los años, dejó cosas buenas, no tan buenas y malas.
Lo bueno: cada año son más las voces que se unen a la conversación de los libros. Esa idea colonialista del autor ilustrado y académico, blanco y eurocentrista, va poco a poco diluyéndose. Si bien hubo espacio para Dickens o Joyce, también lo hubo para el Pacífico colombiano en los libros de Ana Alcolea, para la tradición oral en los poemas de Mary Grueso o para la oralitura en quechua del poeta Fredy Chikangana. Hubo espacio para la diversidad, con el lanzamiento de Con todas las letras, una antología de poesía LGBTIQ+ publicada por Libro al viento, y para la menopausia, en una conversación abierta, sin prejuicios y con orgullo, durante el lanzamiento de Menopáusicas y más, libro de Yolanda Ruiz y María Elvira Samper. Se construyó un coral de voces no hegemónicas ni tradicionales alrededor de la literatura.
Lo no tan bueno: la música estuvo ausente. Literatura y música son una unidad indisoluble. Ritmo, métrica, voces. Palabras esenciales tanto en la una como en la otra. En esta edición, faltaron conversaciones al respecto, discusiones en torno a los elementos que musicalizan un texto, o a los textos convierten la música en un acto racional. Poco la escuchamos, poco la leímos y poco la publicamos. Salvo algunas excepciones como La Rapsodia de Queen, de Manolo Bellón, o el libro de los 30 años de Rock al parque, la música estuvo lejos de ser protagonista.
Lo malo y realmente malo: la masculinizada mesa del acto inaugural. De doce oradores invitados, solo una era mujer: la ministra de Cultura. La pregunta retumbó durante toda la Filbo: ¿por qué no hubo autoras? ¿Por qué no hubo editoras? ¿Por qué no hubo narradoras? ¿Por qué no hubo gestoras culturales? ¿Y las poetas y las libreras y las críticas literarias? Nada. Solo una mesa llena de hombres de la que salieron discursos con voces y cuerpos de hombres. Se supone que la inauguración fue un acto simbólico. Una bienvenida a los invitados de honor –India y Boyacá–, a los escritores y al público. Que fue coincidencia, dicen. Pero, ¿qué más simbólico que olvidar a las mujeres en los actos simbólicos?
Veremos qué pasa el próximo año.
