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No fue improvisación, fue desidia. Cuando se dice que un gobierno improvisa, se habla de que actúa de forma simultánea y en tiempo real, sin conocimiento previo. Asumir la presidencia de un país sin haber posesionado a todos los funcionarios del nuevo gabinete, ni haber hecho empalme con el gobierno saliente, es un acto de desidia, de desinterés, de vanidad. No de desconocimiento.
La Patria Milagro no quiso sentarse a conversar con el gobierno Petro ni tener una transición orgánica, eligió hacerla a su manera, en sus tiempos y borrando de un plumazo lo que ya existía. Pero los terremotos no respetan tiempos ajenos y por eso existen entidades como la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, que debe ser capaz de reaccionar en cualquier momento y, claro, tener un director en funciones.
Tampoco es improvisación rechazar la ayuda internacional con excusas insostenibles, mientras ciudadanos –no certificados, como pide el gobierno milagro– levantan montañas de escombros buscando razón de sus seres queridos con palas y guantes de construcción. No aceptar los ofrecimientos de México, Venezuela, China y Brasil –países con gobiernos de izquierda–, pero sí de Israel, El Salvador y Estados Unidos –de extrema derecha–, no es, de ninguna manera, improvisación. Es estrategia. Así como también es estrategia no acudir a la ONU a sabiendas de que es indispensable en la atención de cualquier emergencia. La misma ONU de la que De la Espriella propuso retirar a Colombia cuando estaba en campaña.
Pareciera que el gobierno no sabe cómo atender el terremoto, pero existen razones para pensar que sí, solo que decide hacerlo a su manera y poner sus intereses políticos y económicos por encima de la vida de las personas. No son errores, son acciones premeditadas. Y eso es lo más triste.
