Dice Abelardo de la Espriella que el BID le regaló 60 millones de dólares para hacer el empalme con el gobierno saliente del presidente Gustavo Petro. Las preguntas siguen en el aire: ¿por qué el Banco Interamericano de Desarrollo, cuyo principal accionista es Estados Unidos, le donaría a Colombia casi 210 mil millones de pesos? ¿Cómo puede el gobierno de Abelardo recibir y usar ese dinero sin haberse posesionado aún? ¿Las operaciones internacionales no deberían gestionarse a través de entidades públicas vigentes?
Las respuestas no llegan, pero ya deberíamos acostumbrarnos a que los firmes por la patria hablan siempre desde la forma y evaden el fondo. Sin embargo, hay hechos ineludibles: hasta ahora, los empalmes entre gobiernos colombianos se hacía con funcionarios ad honorem y sin necesidad de presupuesto. Pastrana-Uribe, Uribe-Santos, Santos-Duque y Duque-Petro, por ejemplo, no costaron ni un solo peso.
Ahora bien, partamos de la buena fe del BID y de que sus 210 mil millones no son reembolsables. ¿De verdad es necesario usarlos en un empalme que puede hacerse gratis? Basta con estar atento a las noticias para saber que el país tiene inversiones más valiosas y de mayor injerencia en la construcción comunitaria. La universidad de Tibú, que le permitirá a miles de jóvenes campesinos estudiar carreras técnicas y profesionales, que puso la educación como alternativa a la guerra, y que apostó por la soberanía alimentaria costo 39 mil millones de pesos. El empalme equivale a cinco veces esa cantidad.
El programa Artes para la paz, en el que niños y jóvenes que han vivido la guerra tienen acceso a educación artística de calidad, con maestros capacitados, énfasis en su identidad cultural, dotación de instrumentos y adecuación de espacios, costó 615 mil millones en los últimos 4 años, si bien la inversión varió entre periodos, el empalme de Abelardo cubriría, como mínimo, un año más de está apuesta por la restitución y la reivindicación a través del arte.
La liga de fútbol femenina, cuesta 40 mil millones de pesos. Y es una liga deficiente: no garantiza procesos de formación para las futbolistas, tiene salarios desmedidamente desiguales con relación a los de los varones, los contratos son cortos e intermitentes, no existen buenas condiciones logísticas y abundan las denuncias de acoso sexual, veto y machismo. Una liga como la de España, que brinda garantías para la profesionalización del fútbol femenino, cuesta cerca de 200 mil millones de pesos al año. Casi lo mismo que el empalme.
De nuevo, ¿en realidad es necesario usarlos en algo que puede hacerse gratis? ¿Acaso austeridad es solo reducir instituciones de cohesión social a simples carteras?