La discusión de la camiseta, en realidad, no tiene que ver con la camiseta. Los políticos pueden ponérsela, de la misma forma en que se la ponen los cantantes cuando vienen de gira y alguien se las lanza desde el público. O con el mismo derecho que tienen las modelos extranjeras cuando salen ondeándola como una bandera al final de los desfiles de diseñadores colombianos. Incluso, con la misma tranquilidad con que se la pone un ciudadano común el 20 de julio, así no haya ningún partido.
La camiseta de la Selección Colombia se ha convertido en un tótem. En la representación de una serie de orgullos colectivos, de emblemas y de vínculos. Si bien pertenece a otro espacio cultural, como es el fútbol, la camiseta es símbolo de efervescencia popular: todos somos uno y ese uno es inmortal. Dicho esto, cuando los políticos, las celebridades o los músicos la usan en público, lo hacen para responder a la urgencia de generar identificación y obtener la aprobación del público. Entrar en esa dinámica de alteridad convierte a ese ídolo lejano, a ese ‘otro’, en uno más de ‘nosotros’.
Es mercadeo, desde luego. O campaña o estrategia de comunicaciones. Llámenlo como mejor les parezca. Pero ese no es el problema. El problema es cuando ocurre lo contrario, cuando ese ‘otro’ se apropia de un símbolo colectivo, le quita su valor totémico de alteridad y lo convierte en una muestra individual de su campaña política. ‘El tigre’ no se pone la camiseta para ser como el pueblo, se la pone para pedirle al pueblo que sea como él. No en vano el mensaje fue “póngase la camiseta y salga a votar, a ponerle la raya al tigre”.
Ante esto hay dos tipos de respuestas. La de quien siente que le quitaron el derecho a portar sus símbolos y los ve resignificados con consignas destructivas -fracking, guerra, homofobia, machismo, elitismo, desigualdad-, y la de quien sin cuestionarse mucho y de manera desinformada celebra esa instrumentalización porque siente que lo pone al nivel de ese ‘otro’. De nuevo, De la Espriella no quiere sentirse cercano al pueblo, quiere venderle al pueblo la fantasía de que ya no son pueblo sino élite, como él.
En cualquiera de los dos casos, el resultado es el mismo: un símbolo desacralizado y al que se le endilgan representaciones opuestas a su naturaleza, y un ‘nosotros’ infantilizado, al que De la Espriella intenta engañar a través de emociones primarias y fantasía aspiracionales, que atentan contra su propio bienestar. A eso se reduce su campaña.