Esta semana, gracias a la inmortalidad que ofrecen las redes sociales, volvió a mí una entrevista que le hicieron a Aterciopelados en 1998. Sentados en un sofá, al mejor estilo de los talk shows de gringos, Andrea y Héctor eran sometidos al escrutinio bonachón de un periodista que desconocía por completo su música.
La escena va así: el anfitrión, con cierto paternalismo, le pregunta a Aterciopelados, banda fundacional del rock colombiano, por qué no componen boleros. Alguien en el set aclara que ellos fusionan ritmos colombianos y latinos con rock, que, de hecho, uno de sus primeros éxitos es el Bolero falaz. El anfitrión se ríe, como si el error no fuera suyo, y Andrea, con su irreverencia de siempre, dice: “es que usted tiene que investigar”.
El episodio puede dar risa, pero me deja un sinsabor y un ‘dolor de oficio’. Durante años, ese tipo de programas fueron nuestros referentes de periodismo cultural. Espacios presentados por figuras hegemónicas, poco preparadas y condescendientes; en los que la cultura respondía a un lugar común, académico y escritural. Espacios que proclamaban una única cultura, la alta, y responsabilizaban de su propia ignorancia a quienes no entraban en ella.
La cultura es la forma más efectiva que existe de entender el mundo. A una sociedad no la explican sólo sus ideas políticas y sus movimientos económicos, la explican, creo yo, de forma más contundente sus flujos simbólicos, sus ídolos, sus tendencias y sus fetiches. Y para leerlos correctamente es necesario aprender a pensarlos. Sí, los fenómenos de masas se piensan. El reguetón, las verbenas, los realities, las telenovelas y los libros best seller, se piensan porque cada uno de ellos dice algo de la sociedad que habitamos. Algo que merece reflexiones, contextos, datos. Algo que se estudia.
Esa es, para mí, la misión del periodismo cultural: estudiar, preguntar y reflexionar sobre cada fenómeno que impacta a una comunidad. Romper jerarquías para sustituir un periodismo de registro por uno de ideas y pensar lo masivo como una tribuna discursiva. No es un ejercicio fácil, demanda interlocutores preparados y conocedores, pero no soberbios ni prepotentes. Exige narradores desestructurados, agudos y sin muchos prejuicios, pero serios y metódicos en su trabajo.
Es un periodismo riguroso, educativo e inteligente, que necesita ser ágil y entretenido sin ser vacío. Lo dijo Alessandro Baricco hace ya bastantes años: “la barbarie no es la pérdida del alma, es el encuentro de un mundo nuevo”. Y el entendimiento del propio, agregaría yo.