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Nuestro periodismo cultural ramplón

Laura Galindo

17 de abril de 2026 - 12:06 a. m.

Esta semana, gracias a la inmortalidad que ofrecen las redes sociales, volvió a mí una entrevista que le hicieron a Aterciopelados en 1998. Sentados en un sofá, al mejor estilo de los talk shows de gringos, Andrea y Héctor eran sometidos al escrutinio bonachón de un periodista que desconocía por completo su música.

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La escena va así: el anfitrión, con cierto paternalismo, le pregunta a Aterciopelados, banda fundacional del rock colombiano, por qué no componen boleros. Alguien en el set aclara que ellos fusionan ritmos colombianos y latinos con rock, que, de hecho, uno de sus primeros éxitos es el Bolero falaz. El anfitrión se ríe, como si el error no fuera suyo, y Andrea, con su irreverencia de siempre, dice: “es que usted tiene que investigar”.

El episodio puede dar risa, pero me deja un sinsabor y un ‘dolor de oficio’. Durante años, ese tipo de programas fueron nuestros referentes de periodismo cultural. Espacios presentados por figuras hegemónicas, poco preparadas y condescendientes; en los que la cultura respondía a un lugar común, académico y escritural. Espacios que proclamaban una única cultura, la alta, y responsabilizaban de su propia ignorancia a quienes no entraban en ella.

La cultura es la forma más efectiva que existe de entender el mundo. A una sociedad no la explican sólo sus ideas políticas y sus movimientos económicos, la explican, creo yo, de forma más contundente sus flujos simbólicos, sus ídolos, sus tendencias y sus fetiches. Y para leerlos correctamente es necesario aprender a pensarlos. Sí, los fenómenos de masas se piensan. El reguetón, las verbenas, los realities, las telenovelas y los libros best seller, se piensan porque cada uno de ellos dice algo de la sociedad que habitamos. Algo que merece reflexiones, contextos, datos. Algo que se estudia.

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Esa es, para mí, la misión del periodismo cultural: estudiar, preguntar y reflexionar sobre cada fenómeno que impacta a una comunidad. Romper jerarquías para sustituir un periodismo de registro por uno de ideas y pensar lo masivo como una tribuna discursiva. No es un ejercicio fácil, demanda interlocutores preparados y conocedores, pero no soberbios ni prepotentes. Exige narradores desestructurados, agudos y sin muchos prejuicios, pero serios y metódicos en su trabajo.

Es un periodismo riguroso, educativo e inteligente, que necesita ser ágil y entretenido sin ser vacío. Lo dijo Alessandro Baricco hace ya bastantes años: “la barbarie no es la pérdida del alma, es el encuentro de un mundo nuevo”. Y el entendimiento del propio, agregaría yo.

@LauraGalindoM

Por Laura Galindo

Periodista musical y cultural. Pianista de la Universidad Javeriana, magíster en piano de la Universidad Eafit, magíster en periodismo de la Universidad de Los Andes y MFA en Creative Writing de la New York University -NYU-. Editora cultural y presentadora en RTVC Noticias, de Señal Colombia.
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