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Desde que se hizo público que Aída Quilcué y Paloma Valencia se enfrentarán en las próximas elecciones, tomó relevancia de nuevo la historia de sus respectivas familias en el Cauca. Quilcué es la nieta de Manuel Quintín Lame, el líder indígena autodidacta en leyes, que se enfrentó a los terratenientes por los derechos de los nasa. Paloma, por su parte, es nieta del expresidente conservador Guillermo León Valencia, y bisnieta de Guillermo Valencia, el poeta.
Según cuenta Gonzalo Castillo -sociólogo y prologuista de En defensa de mi raza- Valencia fue uno de los opositores más fuertes y crueles de Quintín Lame. “Tal vez porque la rebeldía indígena afectaba directamente los intereses de su suegro, Don Ignacio Muñoz. O quizá simplemente por instinto de clase”. Dice, también, que Valencia lo insultaba llamándolo ‘asno montés’, que intentó levantarlo a trompadas en repetidas ocasiones y que se unió con otros aristócratas para endosarle delitos falsos y hacerlo encarcelar.
En Los pensamientos del indio que se educó dentro de las selvas colombianas, el mismo Quintín Lame afirma que cuando Valencia fue Representante a la Cámara Baja, intentó desterrarlo de Colombia y tuvo que intervenir el presidente de turno para que no ocurriera. Cita, además, un telegrama en el que lo llamó “indio de carácter horrible, pícaro y estafador”. Después de un año en los calabozos de la cárcel de Popayán, encadenado con grilletes y una barra de 28 libras, fue liberado. “No acepto los insultos que me hace el doctor Guillermo Valencia en su telegrama —dijo—. Pero si la pluma del poeta sirve para escribir Anarcos, la pluma del indio Manuel Quintín Lame servirá para defender a los indígenas de Colombia”.
Se refiere a un poema en el que Valencia intenta empatizar con los problemas sociales del pueblo, pero termina romantizando la desigualdad y revelando su distancia de clase. Versos como “¡Oh, los pobres obreros de rostro sombrío, que en la lucha sangrienta por el pan diario, van dejando girones de su propia vida, en los garfios de hierro del fiero calvario!”, no pasan de ser una lamentación frívola y estética, hecha por un colonizador que escribe desde su privilegio de terrateniente.
Y ese es solo un ejemplo de muchos: su obsesión por los arcaísmos helenos –el Parnaso, el dintel, el palio de nácar…–; su descripción de paisajes que nada tienen que ver con el Cauca y hablan de construcciones de mármol pentatélico; su reconocimiento público a la religión católica como única autoridad moral, y su idea del artista como aristócrata eurocentrista que condena lo propio por considerarlo vulgar.
Pero bueno, parafraseando a Manuel Quintín Lame, que sea la pluma indígena de Quilcué la que reescriba una mejor historia.
@LauraGalindoM
