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Samanta Schweblin y el mundo enrarecido

Laura Galindo

10 de abril de 2026 - 12:05 a. m.
“Hace un par de años entrevisté a Samanta Schweblin y lo diré sin adornos: es rara”: Laura Galindo
Foto: EFE - Quique García
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Samanta Schweblin recibió el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana por su último libro de cuentos, El buen mal. Dejando de lado todas las polémicas que lo rodean –el premio es un millón de euros, lo entrega una empresa aeroportuaria y, para muchos escritores, es publicidad a una marca y no un compromiso genuino con la literatura–, me alegra por Schweblin porque para mí es una de las mejores cuentistas de los últimos años.

Sus textos son siniestros y, al mismo tiempo, cotidianos. Se desarrollan en atmósferas perturbadoras de las que el lector, desde su misma condición de lector, coescribe una parte del relato con información que la autora solo insinúa. Sus cuentos siempre van a la velocidad perfecta y con usos precisos de cada herramienta técnica, pero no es eso lo que los hace tan interesantes, hay algo más profundo: la visión subjetiva de alguien que habita el mundo desde una realidad desviada y enrarecida.

Hace un par de años entrevisté a Samanta Schweblin y lo diré sin adornos: es rara. Pero no en un sentido peligroso, sino en uno que genera curiosidad. Me contó que escribía desde niña y que, para entonces, tenía un personaje recurrente: una verdura que vivía en una tienda, sobre una colina empinada. La verdura estaba siempre en estado de angustia imaginando que si alguien revolcaba su canasto, buscando a la elegida, ella podía caerse y rodar colina abajo. Entonces, iba a salirse de la verdulería, de la colina, del pueblo, de la montaña y del mundo.

Esa idea fatalista de la pérdida se gestó en la cabeza de la misma niña que un día se cansó de las palabras y pasó un buen tiempo sin hablar. Claro, resulta evidente que ese mutismo responde a un trastorno de infancia, uno que, según la misma Schweblin, se generó por la impotencia de no poder comunicarse con precisión, cosa que nos ocurre a todos durante toda la vida y que hemos normalizado. ¿Cuántas veces hemos intentado decir algo y nos han malentendido? ¿O no hemos logrado explicarnos con exactitud? Es una lucha constante que, quizá, por instinto de conservación, hemos deslegitimado, y cuya relevancia entendió Samantha Schweblin mucho antes que nosotros.

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En esa misma entrevista, me dijo que las palabras escritas eran una forma de buscar esa perfección en el sentido y que de esas nunca iba a cansarse. Que, tal vez, se cansaría de la exposición pública, porque hablar es siempre ensuciar y abaratar lo que pudo haber sido sublime en el papel.

@LauraGalindoM

Por Laura Galindo

Periodista musical y cultural. Pianista de la Universidad Javeriana, magíster en piano de la Universidad Eafit, magíster en periodismo de la Universidad de Los Andes y MFA en Creative Writing de la New York University -NYU-. Editora cultural y presentadora en RTVC Noticias, de Señal Colombia.
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