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¿Separar a Willie Colón de su obra?

Laura Galindo

27 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“Se murió Willie Colón. El productor de la Fania (...) pero también el que se se ufanó de no creer en el cambio climático”: Laura Galindo
Foto: Agencia AP
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Se murió Willie Colón. El productor de la Fania, el pionero de la salsa conciencia, el que le dio al trombón un rol protagonista. Pero también el que atacó con violencia los ideales progresistas latinoamericanos, defendió el embargo cubano, se alineó con políticas imperialistas xenófobas y se ufanó de no creer en el cambio climático, ni en el feminismo, ni en la diversidad.

La pregunta, entonces, es la misma que ha ocupado buena parte de la estética moderna durante las últimas décadas: ¿se puede separar la obra del artista?

Uno de los grandes defensores del “Sí” fue Roland Barthes, quien aseguró que, una vez la obra entabla relación con el público, el autor desaparece. De ahí la subjetividad del arte, cada quién crea su propio juicio desde sus experiencias, no desde las del autor. Algo similar sostuvo en su momento Oscar Wilde, quien de forma tajante dijo que “no existen libros morales o inmorales, solo libros bien o mal escritos”.

Del otro lado, de lado del ‘No’, está Heidegger, quien planteó al artista como un canal por el que se manifiesta la visión de una cultura. Si el artista cree, por ejemplo, que “Trump ha sido lo mejor que le pasó al mundo durante las últimas décadas”, como dijo Colón, está obviando una serie factores e influyendo de forma inconsciente en quienes los siguen. Algo similar dijeron Nietzsche y Tolstoi, la obra es, en muchos sentidos, una confesión de su creador.

El debate sigue abierto y no hay una respuesta consensuada. Sin embargo, desde mis propias reflexiones, el artista es portador de un mensaje, no solo con su trabajo sino con su propia condición de creador. Tiene un público que lo ve, lo escucha, lo sigue y lo idealiza. Eso implica una serie de responsabilidades que no pueden excusarse asegurando que artista y obra van por caminos separados.

Conozco la postura –elemental, por cierto– de quienes defienden esta división: “no podríamos disfrutar de ninguna gran obra porque todos sus autores pueden ser cuestionados”. Pero no es lo mismo escuchar Guillermo Tell de Rossini, 200 años después de su creación, con dos siglos de evolución en derechos humanos, que asistir, por ejemplo, a un concierto de Plácido Domingo, que aceptó haber acosado a más de 20 mujeres, que sigue vigente e influyendo en sus seguidores –muchos de ellos convencidos de que simplemente es un galán mujeriego–, y que vive en una época en la que se habla de consentimiento y derechos de la mujer.

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Sobre Willie, juzguen ustedes. Y si bien el proverbio reza que “de los muertos no se habla mal”, para mí, la xenofobia de un latino en Estados Unidos no tiene ningún sentido.

@LauraGalindoM

Por Laura Galindo

Periodista musical y cultural. Pianista de la Universidad Javeriana, magíster en piano de la Universidad Eafit, magíster en periodismo de la Universidad de Los Andes y MFA en Creative Writing de la New York University -NYU-. Editora cultural y presentadora en RTVC Noticias, de Señal Colombia.
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