El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Sobre Chalamet y la ópera

Laura Galindo

20 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.
“Decir que la ópera no le importa a nadie es una exageración, pero sí es cierto que no tiene la misma acogida de un festival de rock”: Laura Galindo.
Foto: EFE - DAVID SWANSON
PUBLICIDAD

Timothée Chalamet dijo en una entrevista para CNN que la ópera y el ballet ya no le importaban a nadie y por eso él no tenía ningún interés en trabajar ahí. Las compañías de ópera, los bailarines, los gestores y los académicos respondieron indignados mostrando cifras de funciones en sold out y videos en las que el público ovacionaba a sus artistas.

Decir que la ópera no le importa a nadie es una exageración, pero sí es cierto que no tiene la misma acogida de un festival de rock. Esto, desde luego, no justifica el comentario de Chalamet; al contrario, lo empeora. Cuando se es un artista y, además, un portavoz ante millones de seguidores, existe una responsabilidad con la sociedad y con la cultura. Que el ballet parezca no importarle a nadie, no habla mal de ballet, habla mal de nosotros como público consumidor.

Más allá de si Chalamet ofendió al teatro La Scala y perdió un Óscar por eso, lo problemático de esta coyuntura es que seguimos sin saber qué estamos haciendo mal: ¿desde la academia no se construyen puentes con el público masivo? ¿Desde la ópera y el ballet siguen promoviendo esa mentira de que es “alta cultura” y está reservada para unos pocos? ¿Falta inversión y gestión al respecto? O, tal vez, ¿el público general prefiere un arte que no lo rete?

Las respuestas son varias y diversas, todo depende de quién sea el emisor. Para mí, como pianista, falla la forma en que desde la academia comunicamos la música. Nos educaron bajo una lógica eurocentrista, en la que lo mainstream era vulgar y lo —mal llamado— clásico era sublime. Había que acercársele con pleitesía, no aplaudir, pagar entradas muy caras, vestirse elegante y fingirse profundo conocedor. La ópera y el ballet eran símbolo de estatus y superioridad intelectual.

Pero mientras la academia siguió pensándose de esa manera, el mundo cambió. La música y la danza se volvieron cercanas, cotidianas y, sobre todo, populares. Le hablaron al común, no al grande de las letras, y entraron en sus espacios sociales. Lo más contradictorio de este asunto es que, en su momento, Puccini, Tchaikovsky o Verdi eran cotidianos y masivos.

Read more!

Ahora bien, es verdad que existen quienes intentan borrar el sesgo y volverse cercanos. Puedo pensar en montajes como Lucía de Lammermoor, de Donizetti, en el que, en lugar de engañarse por cartas, los personajes crean perfiles falsos y se escriben por Facebook; escenas de Agrippina, de Handel, en las que no se habla de opio sino de cocaína, o ballets modernos en los que los bailarines no usan ropas victorianas y la coreografía está intervenida por técnicas de danza contemporánea. Pero son pocos y todavía se enfrentan al conservadurismo que insiste en que popularizar es irrespetar y dañar.

@LauraGalindoM

Por Laura Galindo

Periodista musical y cultural. Pianista de la Universidad Javeriana, magíster en piano de la Universidad Eafit, magíster en periodismo de la Universidad de Los Andes y MFA en Creative Writing de la New York University -NYU-. Editora cultural y presentadora en RTVC Noticias, de Señal Colombia.
Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.