El lunes pasado, Abelardo de la Espriella levantó la suspensión general de permisos para el porte de armas de fuego que regía en Colombia desde el primer gobierno Santos. Un día después, un muchacho de 17 años entró a su colegio, en la comuna 8 de Medellín, y disparó varias veces contra sus compañeros. Quizás es una desafortunada coincidencia de tiempos. O quizás no lo es en absoluto.
Según De la Espriella, la decisión responde a que los ciudadanos de bien se encuentran desprotegidos ante la delincuencia y ya es hora de devolverles el derecho a defenderse. Un argumento que evoca los del siglo XX, cuando la vigilancia policial y el ejército permanente –no el convocado para las guerras– eran poco comunes y los ciudadanos debían encargarse de su propia seguridad. Dice el presidente que no se trata de vender las pistolas en la sección de deportes de los supermercados, como ocurre en algunas ciudades de Estados Unidos; que los requisitos seguirán siendo rigurosos y los interesados deberán demostrar idoneidad física, mental y aprobar una serie de evaluaciones, y que alcaldes y gobernadores podrán solicitar restricciones temporales cuando lo consideren necesario.
Sin embargo, un joven disparó contra sus compañeros en el colegio Gabriel Garcia Márquez de Medellín. Un joven que, con seguridad, no era el dueño del arma que portaba, que no cumplía los requisitos de la nueva ley, que no estaba defendiendo a nadie de la delincuencia. Un joven que sencillamente coincidió en el mismo lugar con el arma de alguien más.
Según David Cullen, autor del libro Columbine, existen cuatro perfiles de tirador. El del terrorista, que mata en nombre de sus creencias y rige sus actos bajo una moralidad propia del bien y el mal. El del psicópata, manipulador, narcisista, obsesivo, sádico y sin remordimientos. El del enfermo mental que ha perdido el sentido de la realidad, que oye voces y ha sido médicamente diagnosticado como paranoico o esquizofrénico. Y el más común de todos, el depresivo que se llena de rabia y se siente excluido, que por meses fantasea con vengarse de quienes lo hirieron y que, un día cualquiera, cansado de ser invisible, arremete contra el mundo.
Aunque la clasificación de Cullen no es definitiva, contempla características puntuales de nuestra sociedad: moralidades propias, exclusión y rabia. Consecuencias evidentes de un país que vivió en guerra por más de 60 años. Pero, bueno, todo sea por la gente de bien.