Legados de la pandemia

Noticias destacadas de Columnas

La vida de oficina que había en febrero de 2020 se marchó. La de las reuniones citadas por instituciones gubernamentales a las que asistían muchos más de los necesarios, implicaban múltiples desplazamientos, empezaban tarde y se iban por las ramas, también. Les acompañan la de los viajes de funcionarios o consultores que tomaban un avión para asistir a una corta junta en otra ciudad o en otro país. También se evaporaron las múltiples reuniones en colegios de todos los padres de familia. Y así podríamos armar una lista que no cabría en este espacio. A todas esas vidas las mató la pandemia. Con ellas también se fueron muchas actividades económicas en servicios de logística, alimentación, transporte y alojamiento que giraban alrededor de esas vidas.

La pandemia dejó claro que no era necesario estar físicamente presente para completar muchas de esas labores de manera exitosa. Habrá sin duda enormes ganancias en eficiencia, menos uso de medios de transporte, menos huella ecológica y atascos. También se perderán, sin embargo, las externalidades laborales y personales de los encuentros físicos y de los viajes. En el mundo corporativo muchas empresas ya están acordando con sus trabajadores un futuro en el que su presencia física en la oficina será limitada. O quizá nula. La flexibilidad laboral, cuya agenda había resultado tan difícil avanzar, se coló en la vida de muchos. Con pros y contras. Por un lado, será más fácil la repartición de tareas domésticas y la crianza de hijos o el cuidado de enfermos a cuatro o más manos. En culturas como la nuestra, donde esas tareas recaían principalmente en las mujeres, aparece una oportunidad sin precedentes para nivelar la cancha. Pero también se confundirán, como nos ha pasado a muchos en este año, el trabajo con la casa, la pantalla con la familia. Será más difícil parar de trabajar: apagar la luz de la oficina marcaba un punto de quiebre, un fin psicológico de la jornada; ese cierre no existe cuando solo nos alejamos unos metros de esa pantalla que ahora es nuestra oficina y nos llama a horas y en espacios que antes eran privados.

Están apareciendo nuevos retos. Algunos, por ejemplo, ya no viven en el país que les emplea. Allí hay un desafío para algunas normas que no fueron pensadas para ese nuevo mundo. ¿Dónde tributan si no residen en el país que les da el empleo? Aquella mitología urbana que describía a individuos que calculaban con cuidado cuántos días pasaban en cada país para no ser sujetos tributarios en ninguna parte, ahora podría estar al alcance de porciones más significativas de la población. Un lío similar aparece con algunos seguros: por ejemplo, los seguros por riesgos laborales no están calculados para que vivamos por fuera del país fuente del empleo. Y en mi mundo, el de la universidad, ¿qué pasa si profesores ofrecen sus cursos solo de manera virtual y no van nunca al campus? ¿Y si hay estudiantes que navegan por una carrera sentados en casa? Difícil concebir una universidad o, mejor, una vida universitaria sin los profesores haciendo presencia física, sin los estudiantes deambulando por un campus, todos ellos interactuado y debatiendo por fuera del aula.

@mahofste

Comparte en redes: