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Gatopardismo a la colombiana

14 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

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Todas las mañanas veo desde mi ventana, como siempre, a los colegiales que salen de las casas vecinas para ir al paradero donde los recogerá el bus que los llevará a su plantel, a los oficinistas que se dirigen a la estación más próxima de Transmilenio, y a los ciclistas que invaden calles y avenidas para iniciar otra jornada de trabajo. Ellos no tienen grandes negocios con Israel ni manejan enormes patrimonios. La mayoría ni siquiera tiene tiempo para enterarse de las atropelladas decisiones del nuevo gobierno para revertir los cambios que alcanzó a hacer la primera administración de izquierda en nuestra historia para enrumbar a Colombia hacia la modernidad.

Hay otra realidad paralela en la que viven los banqueros, los grandes empresarios y los lobistas y contratistas que intrigan día y noche para obtener los negocios en los que esperan cazar la gallina de los huevos de oro. En ese ámbito sí se ha generado una actividad inusitada desde el mes pasado para para aprovechar el cuarto de hora de los neofascistas en el poder. Es en los despachos ejecutivos de los grandes bancos y en las oficinas de los lobistas y contratistas que intrigan día y noche para recibir negocios billonarios de los nuevos dueños del poder.

Se sabía que la llegada de la derecha a la Casa de Nariño iba a significar un borrón de todo lo realizado por el gobierno de Gustavo Petro. El candidato escogido por la clase dominante para realizar la demolición había sido muy claro durante la campaña: se trataba de no dejar ladrillo sobre ladrillo del edificio a medio construir que Petro quiso levantar para favorecer a los pobres. Pero no se esperaba que la destrucción comenzara tan pronto ni fuera tan despiadada.

Sistemáticamente, en pocos días se empezó a dejar sin efecto varias de las escasas reformas que pudo realizar el gobierno del cambio. En algunos casos, como el de las relaciones con Israel, el delaespriellismo fue más lejos que Donald Trump. Lo que hemos visto en las pocas semanas transcurridas desde el comienzo del nuevo gobierno es una forma peculiar del gatopardismo adoptada en la vida colombiana por los nuevos dueños del poder para asegurar que nada cambie. Lo que no puede ignorar ni modificar la nueva tropa gobernante es que la sociedad colombiana ha experimentado una enorme transformación, acentuada durante los últimos cuatro años por una administración que trabajó 24 horas al día en su intento por eliminar los privilegios y cumplir el propósito central de la Constitución de 1991, que fue el de convertir a Colombia en un Estado social de derecho.

Esa transformación se advierte en las costumbres de la población, que se aleja cada día más de los hábitos a los que la acostumbró la pobreza y se acerca, así sea en forma modesta, a los niveles de vida de países menos desiguales que el nuestro.

Ningún gobierno, por más reaccionario que sea, podrá cambiar esa tendencia positiva en el comportamiento de la población colombiana. A punta de grandes esfuerzos, y con la ayuda de políticas de hondo calado social como las aplicadas por el gobierno de Petro, las capas menos favorecidas de la población superaron en los últimos años los índices de nutrición, educación y trabajo. El país ya inició el camino hacia el verdadero progreso y nadie podrá evitar que lo siga transitando con o sin el apoyo de las instituciones públicas. Quien ignore esta realidad sólo podrá cometer grandes equivocaciones.

Por Leopoldo Villar Borda

Periodista y corresponsal en Europa
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