Todo o casi todo lo que se puede decir de la situación del mundo ha sido dicho ya. Nadie discute que las cosas van mal en muchas partes del globo. Los países que servían de guía, comenzando por Estados Unidos, han dejado de ser modelos a seguir. Las potencias europeas que servían de soporte a un sistema internacional democrático, como Alemania, Francia y el Reino Unido, no escapan de la crisis generalizada que afecta prácticamente a todo el planeta. El Tercer Mundo, que apuntaba hacia un orden político, económico y social que estimulaba el optimismo, aparece hoy disgregado. Se multiplican las guerras, los conflictos internos y las coyunturas críticas. Se está recomponiendo el mapamundi geopolítico, pero no se ve claro todavía hacia dónde se modificará el orden mundial establecido después de la Segunda Guerra Mundial. Algunos piensan que ya estamos viviendo la Tercera. Es clara la frustración de los defensores de la teoría del progreso constante de la historia.
Ya no hay uno o dos polos alrededor de los cuales gira la vida internacional, sino tres o cuatro, todos empeñados en una ciega competencia por el control de las riquezas, el dominio del comercio y el monopolio del poder. Para los países aún emergentes, como Colombia, es difícil elegir entre los bandos en que se ha dividido la humanidad. Con mayor razón cuando lo dicho sobre el desorden mundial es aplicable a los esquemas fracasados de integración regional.
Y, sin embargo, los problemas siguen siendo los mismos de siempre: la miseria, la desigualdad, la inseguridad, la fragilidad de los sistemas políticos y la escasa gobernabilidad de la mayoría de las naciones. No se vislumbra en el horizonte una figura como Winston Churchill, Mahatma Gandhi, John F. Kennedy, Martin Luther King o Nelson Mandela que le señale un rumbo a la anarquizada comunidad internacional.
¿Qué fue del orden mundial alrededor de la ONU que erigieron desde la década de 1950 las potencias vencedoras en la última conflagración planetaria? ¿Qué se hizo la institución supuestamente creada para mantener la paz en el mundo? Un extraterrestre que pasara revista a esta minúscula esfera en la que proliferan los problemas no reconocería en ella al planeta que sobrevivió al nazismo, el fascismo y el comunismo.
Alguien podría aventurar la tesis de que este desorden comenzó con Donald Trump. Sin embargo, las dolencias ya estaban avanzadas cuando llegó el bárbaro que hoy ocupa la Casa Blanca. Como en Fuenteovejuna, no hay un responsable: todos a una.
¿Y qué hacer? Para reimplantar una dosis, así sea mínima, de sanidad mental en los centros de poder del mundo habría que comenzar por refundar el organismo que sirvió de eje a la arquitectura internacional de posguerra. ¿Otra ONU? ¿Otra Liga de las Naciones? Algo así. Sería un primer paso, como el que dieron los precursores de la organización mundial en la mitad del siglo pasado al integrarse por primera vez. Pero no aparece el líder que proponga la idea ni los que estén dispuestos a apoyarla. Y mientras tanto, el mundo sigue dando tumbos para caer siempre patas arriba.