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28 May 2022 - 5:30 a. m.

Nostalgias virreinales

Leopoldo Villar Borda

Leopoldo Villar Borda

Historia, relaciones internacionales

Aunque usted no lo crea, como decía Ripley, todavía hay gente en nuestra América que añora los tiempos coloniales. Lo puso en evidencia hace poco la boda de Belén Barnechea, una mujer de la alta sociedad limeña, con Martín Cabello de los Cobos, un heredero de la aristocracia española.

A los organizadores de la boda no se les ocurrió nada mejor que tomarse una calle peatonal de Trujillo, la primera ciudad del virreinato del Perú que se independizó de España, para montar un espectáculo simbólico de lo más odioso de la historia peruana. Los novios desfilaron en medio de personas disfrazadas de indígenas y hombres semidesnudos encorvados y atados con sogas entre sí, como los esclavos de la época colonial. En la casa también colonial donde se realizó la fiesta había otro grupo de hombres disfrazados de esclavos y encadenados alrededor del patio donde los invitados bebían y bailaban.

Esta escenificación generó numerosas reacciones adversas en el Perú, comenzando por las del Gobierno y las entidades que combaten el racismo, como la plataforma Alerta Racismo y Chirapaq, el Centro de Culturas Indígenas bautizado con la palabra quechua que significa “centellear de estrellas”. La primera rechazó el empleo de degradantes estereotipos históricos con fines de diversión y el segundo reforzó las críticas con la difusión de un video de la fiesta y una pintura de la época colonial que muestra el fausto que rodeaba a los virreyes españoles y que los organizadores de la boda intentaron replicar.

Parece mentira que a estas alturas del siglo XXI se realice un evento como la boda elitista de Trujillo en un territorio que fue asiento de uno de los grandes imperios precolombinos. Aunque no es esta la única paradoja que se puede observar allí. Otra es que el palacio presidencial de Lima siga ostentando el nombre del conquistador que cometió el peor crimen de la historia peruana: el asesinato de Atahualpa, el emperador de los incas, a quien Pizarro le tendió una trampa, lo apresó y ofreció liberarlo a cambio de llenar una sala de oro y dos de plata, y después de que cumplió lo hizo matar.

El racismo exhibido en Trujillo no es exclusivo del Perú, como lo podemos comprobar en Colombia con demasiada frecuencia. Es conocida la propuesta que hizo la senadora uribista Paloma Valencia, heredera de una familia que se ufana de sus ancestros nobiliarios, de dividir el departamento del Cauca en dos partes, una para los blancos y mestizos, y otra para los indígenas. No fue una idea lanzada al azar sino una iniciativa formal encaminada a realizar un referendo para que los caucanos decidieran sobre ella. Si hubiera prosperado, habría abierto la opción de crear en Colombia el primer territorio del continente y posiblemente del mundo en el que la segregación sería legal.

La idea de la senadora uribista ha sido la más atrevida, pero no la única manifestación que demuestra que el racismo pervive en nuestro país. Por eso no sería sorprendente que un día de estos a algunos personajes de la élite social se les ocurriera hacer aquí algo parecido a la boda Barnechea-Cabello de los Cobos.

Por fortuna, la creciente conciencia política de las comunidades indígenas, afrocolombianas y palenqueras por largo tiempo excluidas y su consiguiente protagonismo en la vida nacional están haciendo cada día más inviables e inaceptables las conductas racistas en Colombia. El peso de las minorías étnicas y de sus legítimas aspiraciones de igualdad se está haciendo sentir en todas las actividades. Lo muestra la participación, por primera vez en la historia, de varios candidatos afros a la Vicepresidencia en la actual campaña presidencial, así como la de miembros de esa y otras minorías en las recientes elecciones legislativas. Esta participación es el mejor seguro para impedir que aquí también prosperen las añoranzas virreinales.

Leopoldo Villar Borda

Por Leopoldo Villar Borda

Periodista y corresponsal en Europa
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