Amigo lector: ¿Alguna vez ha sentido usted la necesidad de emigrar? ¿Le mortifica la falta de sentido común que exhibe una gran cantidad de personas que comparten este territorio con usted? ¿Advierte la incapacidad de muchos de sus compatriotas para ver más allá de sus narices? ¿Le frustra ver que abunde la ignorancia sin esperanza de remedio? ¿Cree que el mal ya no tiene cura? ¿Cree que el país ya no saldrá del atraso?
A todas estas preguntas respondió afirmativamente hace varios años un amigo que trabajaba en el Banco Mundial y disponía de información suficiente para contestarlas. Yo no le creí entonces, pero le creo ahora.
No hay salvación para un país donde la mayoría prefiere el lenguaje vulgar y agresivo que habla de destripar a los adversarios en lugar de la retórica fundada en argumentos y conocimientos sólidos.
La excelencia en el manejo del idioma que le dio fama a Colombia ha sido reemplazada por el lenguaje vulgar en los círculos más exclusivos. A nadie parece molestarle que el próximo ocupante del palacio presidencial hable de “destripar” a sus adversarios.
En mi cuadra y en todo mi barrio, un barrio de clase media en el norte de Bogotá, no tengo con quien hablar porque todos los vecinos son unos autómatas hechos a imagen y semejanza de los capitalistas que se apropiaron del Estado, se robaron las tierras y controlan los medios de producción. Solo me hablan los libros y los retratos, como en el poemita de Ciro Mendía.
Si la mitad del país no le habla a la otra mitad, ¿qué diálogo o qué consenso es posible? ¿Cómo hacer viable una nación con propósitos y metas definidos para reemplazar esta sociedad de sordomudos?
Hace falta un Vargas Vila para cantarles la tabla a los millones que hacen parte de esta montonera a ver si despiertan, adquieren conciencia y dejan de ser los sujetos pasivos de este territorio que no los merece.
Ante la falta de audiencia, me pregunto qué puede hacer un simple columnista para generar la conciencia que hace falta. Tal vez se podría conseguir algo si hubiera un acuerdo de los directores de todos los medios de comunicación y todos los columnistas para realizar conjuntamente una campaña pedagógica sobre las virtudes y la necesidad del diálogo para alcanzar consensos, promover la convivencia y asegurar las condiciones necesarias para que la sociedad funcione adecuadamente. Mientras algo semejante a esto no se consiga en Colombia, será inútil opinar sobre cualquier cosa.
Por fortuna, en las últimas semanas hemos tenido fútbol a la lata y esto ha mantenido distraída a mucha gente. Aunque también en este pasatiempo inocente no faltan manifestaciones de agresividad que se deben desterrar para no desnaturalizar el valor del deporte.
No estamos condenados al atraso ni la violencia. Podemos y debemos superar esos hábitos que han dado tan mala fama a Colombia. Y respecto a opinar, habrá ocasión de hallar un tema que valga la pena. Por ahora solo dejo esta reflexión sobre lo inútil de opinar en un medio donde prevalecen las ideas fijas y las mentes de muchos están cerradas.