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La ruleta rusa parece un juego de niños frente al peligroso enfrentamiento que protagonizan Estados Unidos e Israel en el polvorín del Medio Oriente.
La intervención de Donald Trump era lo único que faltaba para que el conflicto que comenzó hace más de setenta años con la fundación del Estado de Israel en el corazón del mundo árabe se convierta en una crisis prácticamente insoluble.
Cuando las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial decidieron asignar al nuevo Estado un territorio perteneciente a sus principales adversarios, una de las voces que se levantó en contra de la desafortunada iniciativa fue la del expresidente Alfonso López Pumarejo, presidente de la delegación colombiana en las recién creadas Naciones Unidas. López señaló el error de asignar aquel territorio al nuevo Estado, con lo cual se sembraban las raíces del futuro conflicto. Pero su voz no fue escuchada, pero la historia le dio la razón.
El problema se agravó con la llegada al poder en Estados Unidos de un personaje tan peligroso como Trump. A diferencia del rey Midas, que según cuenta la leyenda convertía en oro todo lo que tocaba, el mandatario estadounidense enreda las situaciones en las que mete las narices y está sembrando nuevos motivos de conflicto en casi todo el mundo. Ya convirtió al mar Caribe en una zona de guerra y amenaza con desatar conflagraciones en todos los continentes.
En lo que respecta a nosotros, los habitantes de los países que conforman el hemisferio occidental junto con Estados Unidos, el envío de su poderosa flota de barcos con armas nucleares y con un enorme portaviones a la cabeza nos advirtió que nadie en este vecindario está a salvo de su letal brazo.
Suena como dicha hoy la célebre frase atribuida a Porfirio Díaz, el dictador mexicano: “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”.
Nos queda la esperanza de que en el interior de su mismo país surja el freno que impida al magnate y sus belicosos consejeros consumar la agresión más temible contra nuestra existencia como naciones soberanas e independientes: una reedición del terrible bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.
En el Congreso estadounidense está cobrando fuerza una reacción contra las acciones belicosas de la Casa Blanca y entre la población de su país se advierte una creciente resistencia a la agresividad del magnate. Ojalá esta tome fuerza suficiente para detener de una vez por todas la política dictatorial de la Casa Blanca. Ya ocurrió una vez, cuando el pueblo estadounidense se rebeló contra la guerra de Vietnam y el gobierno estadounidense no pudo prolongar aquel injusto conflicto ni seguir engañando a los estadounidenses con una versión mentirosa de lo que pasaba en los campos de batalla del sureste asiático.
Después vinieron Las confesiones tardías, como el libro que publicó uno de los principales responsables de esa tragedia, el secretario de Defensa durante el gobierno de Lindon Johnson, Robert McNamara, un catálogo de rectificaciones de las mentiras con las que aquel gobierno disfrazó los verdaderos motivos que lo llevaron a agredir al pueblo vietnamita y a mantener la ficción de que Estados Unidos estaba ganando la guerra.
La historia puede repetirse. Ya sea desde el interior o desde afuera, algo tendrá que ocurrir para poner fin al siniestro juego de ruleta en el que Trump se está valiendo del poderío militar estadounidense para aterrorizar al planeta.
