El terremoto del pasado 10 de agosto ha arrojado hasta el momento 329 muertos, 4.600 heridos, 31.183 viviendas destruidas, 247 desaparecidos, 553 edificios colapsados, daños en 367 hospitales y 3.710 escuelas. Ya es una tragedia el que haya que rebuscar sinónimos para evitar cacofonías: destruidos, colapsados, derrumbados, en el suelo. No se sabe cuál es el peor. O heridos, desaparecidos, damnificados. O muertos, aplastados. No es tiempo para diferenciar, o diagnosticar, pero hay que intentarlo. Aunque duela.
Cali es una ciudad; Pereira, otra; Manizales, otra; Buenaventura, otra. Cada una tiene su carácter socioeconómico y cultural. Y a la última la distingue un abismo social respecto de las tres primeras, pero es una ciudad. Cuando estén de pie otra vez los cambios urbanísticos en los lugares donde todo se cayó, no alcanzarán a desdibujar su personalidad y su estilo. Algunos edificios de estrato cinco, otros más de estrato cuatro, y la cantidad gregaria de edificios de apartamentos de estrato tres para abajo, carecían de arquitectura sismorresistente y de sus respectivos seguros. Habrá, por supuesto, una reestratificación que enviará a muchas familias que vivían en la quinta (en Cali), o en la 23 (Manizales), o en la séptima y octava, (Pereira), lejos de los lugares habituales y queridos. La renta del suelo no perdona, aunque hay algunos que se posicionarán mejor en la nueva ciudad que emergerá de los actuales escombros. Q.E.P.D. los muertos.
Temo por la suerte de los damnificados de los municipios del eje cafetero. Antes del 10 de agosto, una foto de una cuadra de estos municipios –Sevilla, Quimbaya, Montenegro, Caicedonia, Chinchiná, Marsella, El Cairo, El Águila, Filandia, etc.– los hacía ver muy parecidos. No digo que iguales, porque eso ofende la irrepetibilidad de cada uno, pero había unidad.
El cambio de milenio sepultó el desdén con que valoraban la arquitectura de la colonización antioqueña (no lo “colonial”) los habitantes del siglo XX de esos pueblos. Los llamaban “ranchos”. De repente, los lugareños –sobre todo en Salento, quizás por el cambio de mentalidad que se originó en el terremoto de Armenia en 1999–, comenzaron a respetar la arquitectura original y a pintarle los postigos de un color, los aleros de otro, y las puertas en varios tonos en combinaciones estrafalarias (verbigracia café oscuro y rosado) y dedicaron el pueblo a un turismo de borrachos que ponían regueton o canciones de despecho a todo volumen. Como se movía plata, empezaron a verse puestos de pizzas y lasagnas –“que es lo que les gusta a los muchachos de ahora”– y uno que otro plato de chuleta valluna y bandeja paisa. Poco a poco, el resto de pueblos se antojaron del modelo Salento, y convirtieron muchas casas en alojamientos, y adornaron las calles con “epopeyas del hacha”, y arrieros de plástico, y convocaron concursos de yipaos. El jeep Willys se volvió una reliquia.
A estos pueblos hay que restaurarlos para que sigan en su boom turístico, incrementado con la declaratoria de la Unesco de “Paisaje cultural cafetero”. No es cuestión de levantar viviendas o edificios a la bartola para acomodar a la gente.
Sevilla: Expreso mi pesar por los daños y muertos que el sismo causó a mi pueblo. Me la paso viendo por YouTube las calles y las casas. Me sueño recogiendo destrozos. ¡Ánimo, paisanos, familia!