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El ruido mediático que les hicieron a Nicolás Petro y a su exesposa, Daysuris, con traída a Bogotá en avión —e inevitable regreso al día siguiente—, fue un cañazo vulgar del fiscal que, incluso en este país, le salió chueco. Haber recibido plata de “cuestionados” no quiere decir nada, porque la pareja de separados lo único que hizo fue un timo a dos personajes: el Turco Hilsaca y el Hombre Marlboro. Un simple caso de inspección de policía, pues las víctimas del tumbis ya no tienen deudas con la justicia, tanto que uno de ellos es ahora, sin impedimentos legales, candidato a la Alcaldía de Maicao. Que lo despojen de ese rango, a ver si pueden. Ser “cuestionado” es una entelequia subjetiva que carece de rango judicial, razón por la que la institucionalidad no puede cebarse contra ellos. El afectado fue el Pacto Histórico, no por haber recibido un peso, sino por el uso abusivo que el delfín y su exesposa hicieron de esa marca registrada. Esa plata, que el Pacto Histórico no hubiera recibido, se fue en cirugías estéticas, carros de gama alta y una mansión. Pura cultura Instagram y Tik-Tok.
No escarmentados por haber politizado esa ridiculez, el fiscal Barbosa y su órgano oficioso, Semana, reincidieron con su maniobra mediática al poco tiempo, montando el sainete costumbrista de Yopal. Ese sí que fue un fiasco: las pruebas que expusieron el presidente Petro y su asesor Eduardo Noriega para defender la procedencia legal de los aportes económicos a sus listas en Yopal y Casanare fueron muy claras, a tal punto que a estas alturas ese escándalo —que copó la totalidad del morbo de la semana pasada en los folletines amarillistas de la gran banca— ya está más olvidado que la tauromaquia en Bogotá. ¿Puede el país seguir tolerando esos bochinches de solar tan baratos? Frente a eso, Caso cerrado, de la doctora Polo, resulta un programa de alta academia. Sobre todo, la misma semana en que la justicia estadounidense sancionó con una multa cuantiosísima al grupo de Sarmiento Angulo por sobornos con Odebrecht.
Supongo que serán pocos los colombianos que se dejan seducir por las baratijas “noticiosas” que Semana expende en sus caspetes, a diferencia de los que concurrimos al proscenio donde se ofrecen productos óptimos, más calificados. No en vano fue tan lastimosa la movilización de la semana anterior contra el Gobierno. Esos salieron fue a comprar chucherías, mientras que el bocado de cardenal que nos excitó el gusto a los otros fue la caída en flagrancia del mandamás de las finanzas capciosas, del sanedrín de los pícaros, el magnate acosado Luis Carlos Sarmiento Angulo, con un agregado suculento: la inminente caída del turbio maquinador Néstor Humberto Martínez, que debe estar escondido debajo de una cama. Igualmente, la recuperación del caso embolatado de Jorge Enrique Pizano —envenenado al igual que su hijo—, que fue quien primero y en solitario aportó pruebas de la corrupción del Grupo Aval al lado de su cómplice Odebrecht. Nadie contaba con que su hija (María Carolina Pizano) iba a surgir de entre las sombras de su juventud asustada a exigir justicia para su padre y su hermano. Se acercan tiempos de claridad.
Infortunadamente, ya nos acostumbramos a que esas primicias justicieras provengan de las autoridades estadounidenses. No hay felicidad completa.
