Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
No sería la primera vez que un candidato puntero en las encuestas -que es el caso de Iván Cepeda- se rehúse a ir a debates con la segunda y tercer lugar en las mismas, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Incluso en el pasado, los candidatos de más alta favorabilidad se negaban a la TV cuando apenas había dos canales. Y eso que por entonces se justificaban más los argumentos de que “la democracia y la opinión exigen verlos juntos”. Ahora, en cambio, hay canales alternativos en cantidad y el público los ha escuchado de sobra y sabe quién es quién. A menos que se quiera satisfacer a Caracol y RCN, que parece que aún existen. Qué pena con ellos, pero esta vez no contarán con esa gabela.
Una lástima que no exista un organismo defensor del medio ambiente y de los animales que lo habitan para que prohíba la insana explotación simbólica de un animal de nuestra fauna universal -el tigre-, para “destripar” al único candidato no energúmeno entre los tres finalistas. Los propios partidos políticos de Estados Unidos, el Demócrata y el Republicano, no poco sangrientos, tienen como íconos de sus doctrinas a dos muy cordiales ejemplares: el burro y el elefante. Aquí en Colombia, en cambio, la fiereza de la campaña prefiere al depredador mas temible: el tigre. Tendrían que excluir los horarios “prime” para transmitir ese debate que pretenden y mandarlo por allá a la madrugada. O al internet oscuro, donde pasan las filmaciones más obscenas y sangrientas. Un hombre, De la Espriella, haciendo el papel de bestia, añadido ese saludo militar que niega la civilidad, no favorece la reputación de las Fuerzas Armadas. Debieran prohibírselo, aunque ahí tienen como asesor al general Zapateiro.
En cuanto a la candidata Valencia, fascinada con la frase “heredero de las FARC” que le dedica a Cepeda, provocará una confusión histórica sobre los desmovilizados de hace diez años y los vándalos que ahora mismo causan terror con el nombre de “disidencias”. Por donde se les mire, ese trío -Cepeda, Valencia y De la Espriella- no son, juntados a la fuerza en un set, un elenco recomendable. No hay química ni casting posible entre un caballero y dos tropeleros. Carece de dramaturgia un espacio con un héroe sin armas y dos villanos alebrestados.
Quizá funcione un reallity por aparte, lúdico y formativo en matemáticas, en el que los televidentes hacen sumas y restas sobre cuántos votos del Centro Democrático pierde Paloma Valencia cada que Juan Manuel Oviedo expresa sus respetos a la JEP, o manifiesta su acuerdo con la adopción de parejas gay. Los de la centro izquierda se le están yendo para las toldas de Fajardo, o hasta del mismo Cepeda, cada que Paloma ofrece llenar de tropas la carretera entre Cali y Pasto, o dar subsidios a los ricos o negar los falsos positivos.
“Vine”.
Buena idea también sería un concurso donde los espectadores descifren de dónde viene De la Espriella cuando, por ejemplo, dice: “Vine a dejarlo todo en orden”, o “vine a acabar con la corrupción en cuatro años”, o “vine a darle vivienda a los que carecen de ella”. Sería necesario saber de dónde viene “a no cobrar sueldo”, “a no salir a un solo viaje fuera del país”. ¿De Miami? ¿De Nápoles? ¿Viene solo de visita? ¿Desempeña el cargo y se va? Raro eso.
