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3 Oct 2022 - 5:30 a. m.

El animal que llevamos afuera

Lo divino y lo humano

Decía en estos días la senadora María Fernanda Cabal que “el mundo se divide entre conquistados y conquistadores”. Cierto, cierto. Y aunque no lo recuerdo con precisión, esa frase debe estar en el Manifiesto Comunista y hasta en La Internacional. Con la diferencia, obviamente, de que escrita por Marx adquiere el tono de una contradicción entre fuerzas sociales que debe dirimirse mediante la lucha de los dos extremos que la constituyen: los conquistados no pueden eternizarse en esa sumisión y los conquistadores deben ser derrotados en su hegemonía. Por la sencilla razón de que somos Homo sapiens y a nuestra condición ética y requerimientos de sobrevivencia debe causarles repulsión y miseria esa inequidad. La señora Cabal, en cambio, describe esa confrontación con un tono zootecnista como si estuviera en Animal Planet: “La naturaleza es así”. Hay una cadena alimenticia en que las leonas proveen el sustento de su manada cazando cebras, y estas se alimentan de hierbas, y las hierbas, fertilizadas por la boñiga de los herbívoros, dan lugar a la expansión de otros bienes de la tierra. Ya en la punta de esa cadena biológica los conquistados producirían con sus músculos el bienestar a los conquistadores, que si acaso se sienten en peligro acribillan a aquellos, y no hay nada que hacerle, así es la vida.

Esa ingenuidad descriptiva elimina la historia —una palabra que para la senadora es “mamerta”, lo dijo en estos días— sin la cual el mundo tal vez continuaría en el Paleolítico. Aunque de haber existido en esa era la señora Cabal, no existirían las pinturas de Altamira. Y la Tierra continuaría siendo plana, lo que hubiera impedido que Colón emprendiera por el oeste el viaje aquel que lo llevaría a lo que él supuso eran las Indias occidentales.

Lo que mide el oscurantismo de ese relato —que incluso si fuera para niños sería nefasto— es que los medios informativos lo publican “para enriquecer el debate” y “respetar la libertad de opinión”. Y dan lugar a “aportes” de nuevos talentos, como la señora que en estos días dispuso de bastantes minutos para volcar su toxicidad contra la supuesta condición prehomínida de nuestra vicepresidenta Francia Márquez e hizo un llamado para abalear a los comunistas. Ya antes, otra darwinista espontánea de la historia humana, la cantante Marbelle, se había desplegado sucesivamente, con gran recepción por parte de los medios, demeritando el color de la misma Francia Márquez. Aunque es una variante del tema, no me ocuparé de las caricaturas de Matador en las que, para demeritarlo, le da una morfología porcina al anterior presidente. Hágame el favor, qué desagradecido con los cerdos. Me permito por el momento incitar a cada ciudadano a que indague con sinceridad el animal totémico con que la naturaleza y la cultura esculpieron su rostro: vacas, perros, roedores, serpientes, etc., no terminaría nunca. Y esa no es una zoología que debiera abochornarnos. Hay que mirar bien a los que descienden de la gesta vikinga, a los perros siberianos, a los nórdicos, incluso a los chihuahuas, para descubrir la bestia de la que somos hechura. Para no ir muy lejos, hay que visitar los megalitos agustinianos para reconstruir nuestras autobiografías antropozoomorfas. La misma señora de la Plaza de Bolívar parece un individuo de la especie Odobenus rosmarus, endémica de los mares árticos. Bastante distinguida.

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