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El edificio del congreso se ha convertido en lo que en las películas de vaqueros era la frontera de Estados Unidos con México. Los perseguidos cruzaban esa raya divisoria entre los dos países y se podían sentar a burlarse de los sheriffs americanos que venían detrás durante varios días, y ahí tenían que frenar, aunque tuvieran a un metro al fugitivo. Entonces se devolvían.
Es lo mismo que hace Paloma Valencia: desde su curul se permite decirle cosas horribles a Iván Cepeda. Por ejemplo, en diciembre le gritó en el Senado, en tono patético: “¡no me vaya a mandar a matar, senador Cepeda!”. Ella dijo después “yo qué hago, si el senador Cepeda no quiere asistir a los debates por televisión”. Supongo que es porque en televisión sí puede decir esos exabruptos sin tener ninguna consecuencia, o al revés, es porque en ese medio está obligada a guardar alguna contención. No sé. El hecho es que el candidato Cepeda se está pasando de caballero. Esa es una acusación gravísima, porque quiere decir que él tiene una cantidad de pistoleros a su servicio que podrían disponer de la vida de su adversaria. Y eso tendría ella que demostrárselo en un tribunal, porque de resto termina normalizándose y convirtiéndose en habladurías del común. De hecho, la señora se lo dice por la foto que se guarda de él en los archivos de prensa, en compañía de Santrich e Iván Márquez. De la reputación de estos dos ex miembros de las FARC se ha hecho un festín después del entrampamiento que les montó Martínez Neira, sembrándoles, al primero, una supuesta conspiración para enviar droga a Estados Unidos y, al segundo, aprovechando las “delaciones” de un sobrino suyo traidor que quería vivir en Disneyworld. Obviamente a Márquez y a Santrich querían extraditarlos. Pero se volaron, a fundar la Nueva Marquetalia, en lo que duraron poco, pues a Santrich le pusieron a la pata una mano de mercenarios que lo acribillaron, e Iván Márquez, esté dónde esté, se encuentra en condición de discapacitado, pues perdió la vista de un ojo y le quedó un brazo inútil. O sea, que no alcanzaron a juntarse con nadie de los disidentes, pues hasta algunos les rechazaron su jefatura. En cuanto al “Zarco” Aldinever –ese sí verdadero heredero de la Nueva Marquetalia–, lo dieron de baja una semana después del crimen de Miguel Uribe Turbay, razón por la cual José Felix Lafaurie le adjudicó el asesinato de éste. A cada muerto subversivo, le atribuyen el más reciente finado. Convincente eso de “tirarle al bulto”. No hay pierde.
Cuestión de esperar a ver a quién acribillan.
Es el modus operandi de los uribistas: echarle el muerto de moda al enemigo del momento: a Miguel Uribe Turbay –hay que ponerle los apellidos completos para no confundirlo con el papá–, “lo mataron entre Petro y Aldinever”. Qué pareja tan dispareja esa. Pero la viuda de Miguel Uribe, la señora Tarazona, va más allá y proclama que la muerte de su marido será inútil si termina ganando Cepeda. Lo mismo piensa Clemencia Vargas, hija de Germán Vargas, muerto por enfermedad, que su padre bajará tranquilo al sepulcro si entre todos derrotamos a Cepeda y sus secuaces. Eso es pedirle mucho a los muertos, que después de enterrados, sigan en campaña póstuma y se vuelvan mentirosos. Déjenlos descansar en paz.
