Si el comité de giras de Iván Cepeda no hubiera tenido prevista la manifestación del 28 de marzo en Medellín, en la Plaza de San Antonio de la misma ciudad, mes y medio después de la muy concurrida que tuvo en el Parque de Berrío el 12 de febrero, hubiera tenido que improvisarla para enfrentar el alevoso pronunciamiento de la Alcaldía, la Gobernación y El Colombiano, en el que lo declararon “persona no grata en Antioquia”. Pero no, la segunda estaba programada y no fue preciso sacársela de la manga. Y salió muy bien, altamente concurrida, tanto como la del Parque de Berrío. El caballero repite. O, como se dice: “al que no quiere taza se le dan dos”.
El candidato se desquitó del deseo de desterrarlo de quienes no querían volverlo a ver por allá. No sobra recordarles a quienes firmaron ese exabrupto que el libre tránsito de un nacional por territorio colombiano está garantizado por la Constitución. Y que el extrañamiento –que existió desde tiempos de los Estados Soberanos hasta la violencia bipartidista– fue derogado en los 50 del siglo XX. Y menos sería aceptable para quien concitó el afecto de miles de antioqueños que se dieron cita en la Plaza de Berrío –ágora por excelencia de Antioquia– para festejar a Cepeda, y estuvieron convocados de nuevo el 28 para agasajarlo otra vez. A ese notablato uribista le incomoda que un ciudadano no antioqueño les llene dos plazas icónicas en un mes y medio, mientras que a ellos, en las manifestaciones que convocan, asustan. Pero eso no es lo significativo, sino que el destierro es violatorio de la libertad individual.
Grave que esos notables piensen como el ICE en Estados Unidos contra los hispanos y los aborígenes norteamericanos, y que incluso se permitan amenazar con descalabrar a batazo limpio a un candidato que les ha recordado momentos ingratos de la historia de Antioquia que, si acaso se repitieran, sería como para pedir que el último que salga apague la luz del pueblo y deje todo aquello para que se lo coma el rastrojo. Ahí se quedarían, obviamente, atendiendo sus caspetes, y con la barbera lista, Fico Gutiérrez; Rendón, el gobernador del estado soberano, y Luz María Sierra, directora del periódico parroquial.
Pero Cepeda (Bogotá) regresó con las dos Aídas: Quilcué (Cauca) y Abella (Boyacá); María Fernanda Carrascal (Bogotá), Carolina Corcho (Antioquia), y Alfredo Mondragón (Valle) sin nada qué rectificar, reencontrándose con esa comunidad paisa francota y hospitalaria en un acto nacional sin discriminaciones.
Es habitual que los vecinos territoriales se tengan inquinas ingenuas, vayan ellos a saber de qué procedencia. Eso es cultural: el barrio Paulo VI le tuvo bronca al barrio La Esmeralda; Buga a Tuluá; los fundadores de la revista Mito –Jorge Eliécer Ruíz, Valencia Goelkel, Pérez Mantilla y Gómez Valderrama– santandereanos, tenían el sueño de que no se les metiera ningún paisa en la revista, hasta que Darío Mesa, antioqueño, se les coló con un ensayo excelente (me lo contó Ruíz). Una vez le pregunté a Toño Mejía qué era un manizaleño, y me respondió: “es un paisa educado en Popayán”. Darío Osorio, de Pereira, me dijo una vez: “Dosquebradas es tan aburridor, que uno se encuentra con un manizaleño y se alegra”.
Pero eso es folklore apenas. Se les fue la luz a las autoridades de Medellín, declarando a Iván Cepeda “persona no grata”. Y al final ni se aparecieron.