El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está encaprichado con unos antojos imposibles. Son los estragos de la edad, sin duda, que le han hecho pensar que algunas de sus obsesiones irrealizadas cuando tenía tiempo, se le quedaron pendientes, y ahora, o tal vez desde su primer período presidencial, pretende convertirlas en realidad todas al tiempo. El problema es que no todas son viables, o quizás ninguna, y ahora ha producido una congestión de proyectos en todas partes que nos tienen a todos alterados. Yo soy de los que piensan que si Groenlandia, con 2’166.000 km cuadrados (casi el doble de Colombia), 84% de su superficie en hielo, tiene millones de años, eso ya se quedó así. Por algo la hizo la naturaleza de esa forma. O una proeza construida por la mano del hombre, verbigracia el Canal de Panamá, tiene 121 años, también se debe quedar así. Ahora, que si ambas –la isla de hielo y el Canal– requieren refacción o modificación administrativa, que es posible, la iniciativa no se le puede dejar a una sola persona inepta, pedófila, criminal y racista, y menos si es para uso bélico. Eso es pidiendo permiso y sustentando el proyecto nada menos que a la humanidad. Y listo. O si no, que ni los toquen. Es lo que hay. Trump todavía no sabe que en Groenlandia, el “próximo” estadero americano donde instalarán Burger King, Pizza Hut y KFC, los recién llegados tendrán que acostumbrarse a la gastronomía de los nativos. Y en cuanto a las mujeres –por aquello de que en Groenlandia los hombres superan en mayoría a la población femenina– éstas van a ganar el derecho a una poligamia al revés: a tener tres maridos. Son 57.000 habitantes, ahí verán.
También quiere quedarse con Canadá, una potencia media, cuyo primer ministro llegó volando de China a hablar en Davos, mientras Trump fue al baño. Me imagino que de esa volada se debe estar dando cuenta ahora, por YouTube. A Minnesota la tiene convertida en su propio tercer mundo, sacando a empellones de la casa y de sus carros a los somalíes y si se atraviesa una gringa rubia –caso de Renee Nicole Good–, pues disparándole y dejándola muerta de una vez. “Y, si siguen jodiendo, a Los Ángeles también y a Chicago y a Nueva York. Caracas déjemela ahí que ya soy su presidente interino y pronto le cambiamos de bandera. De momento que me manden 50 millones de barriles que yo los administro. Se le tienen. El Canal de Panamá lo dejo donde está, pero advierto que es mío. A Ecuador lo hacemos imitarnos y que le suba los aranceles a Colombia, aunque la que sufre es más bien Cali, que es su principal proveedor. Qué vaina, con ese alcalde Eder que me visitó. La OTAN que me la envuelvan y me la manden con sus fierros a Mar-a-Lago. Suiza y Noruega igual, que aquí veremos qué hacer con su relojería, sus quesos y sus premios Nobel”.
Demasiados cambios y lugares en muy poco tiempo. Uno hasta se marea escribiéndolos. Le va a tocar estudiar mucho a Petro para el viaje. Y con la vertiginosa rotación de temas, cuando llegue, va a tenerle que recordar a su anfitrión el motivo de su visita: “Yo soy Petro, el de Colombia, vengo por lo del narcotráfico”.
–Ah, Petro, ya, ya, siga usted. ¿De Colombia, no?. Usted me entiende, el jet-lag… Es que no me bajo del Air Force One...