Dice la señora Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que lo del cambio climático es “una gran estafa” de la izquierda. Ya había dicho el entonces presidente Rajoy, hace como 15 años, algo similar. Trump lo señala también y aquí lo ha copiado Enrique Gómez, un señor cuya profesión es ser nieto y sobrino. Y ha agregado que no tiene por qué preocuparnos el cambio climático si nosotros apenas aportamos el 3 % de las emisiones. Debe tener planeta propio.
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Teniendo en cuenta que a las personas con genealogía rancia no les importan solo sus antepasados —que se supone les legaron sus haberes— sino sus descendientes —que se los heredarán—, muestran poca sutileza al no advertir que estos pueden sufrir las calamidades de una naturaleza rencorosa ante los vejámenes que ha recibido. Ellos se saben pocos en número frente a la muchedumbre paupérrima, lo que supuestamente les permitirá precaverse, pero, aun así, cuando el sol se incendie no respetará los frigoríficos VIP a los que se pasarán. Ni los bidones de agua potable, aunque de color marrón, para los que habrá caravanas de sedientos. Suena horrible, pero será peor cuando la aguja pase de 1,5 °C en 2050 a 2,6 °C en 2100, que está ya a pocas hojas del almanaque.
Si se tratara de sugerir un simple boceto de ese espectáculo desesperado, bastaría con el miedo que ofrecen las tempestades que llevan casi un año cayéndonos del cielo. “¡Ah!, pero tenemos carros para salir sin mojarnos!”, dirán. ¿Pero y los vehículos a la deriva flotando en las calles? Ya lo explicó Coleridge: “Cuando caiga un aguacero, guarécete bajo la lluvia”. ¿Y los plantíos inundados? ¿Y las alcantarillas devolviéndose por los inodoros? Eso no va a seguir siendo solo para pobres. La naturaleza es policlasista.
Me decía mi hija mayor que desde la pandemia experimenta una especie de indefensión frente a quién sabe qué catástrofe monumental que pueda sorprenderla. Y eso que ella es apenas progresista. El coronavirus tuvo su probable origen en unos murciélagos chinos extraviados de hábitat. Y puso a respirar como un fuelle a los ciudadanos del mundo, hasta llevar a seis millones en el mundo y 142.000 en Colombia, solitarios, a la funeraria y a las fosas comunes. Para todos alcanza, ahora que los glaciares y el sol forman parte del nuevo eje del mal.
Cuando veo a los nuevos paradigmas de las redes sociales —desde Elon Musk, pasando por Ronaldo y llegando a Maluma y James— con sus colecciones de automóviles deportivos, me pregunto si el motivo de esos antojos sobrantes no será la desazón, pero tal vez les falta ser más inspirados para tanto.
¿Y las grandes causas qué? ¿Van a esperar el cambio climático para tomarse el poder entre los escombros? Algo tarde. ¿O salvarán el planeta procediendo contra quienes lo depredan tumbando árboles y metiendo vacas en los nuevos potreros? Hasta buena ocurrencia esa de la derecha de que los ecologistas son los nuevos marxistas.
Ya ni siquiera serán las masas “atenidas” los nuevos vándalos, ahora serán los grados celsius. Las encuestas y las apuestas no serán sobre candidatos ni equipos de fútbol, sino sobre cuánto nos pasaremos de los 1,5 °C y cuánto nos falta para el premio mayor de 2,6 °C. Son capaces, con tanta frivolidad.