Habitualmente, en la historia, las transiciones generacionales son paulatinas. La generación que empuja desde atrás va mostrando unos bríos tempranos que no les resulta muy fácil a los historiadores identificar, y que quizás un tiempo después, en perspectiva –a veces se requiere de años–, van perfilándose con precisión. En el Renacimiento, por ejemplo, la nueva visión del mundo no es que haya comenzado al día siguiente de inventarse la imprenta, por Gutenberg, y ni siquiera inmediatamente después de publicarse el primer libro: La Vulgata, de Lutero. El nuevo espíritu del tiempo se demoró en manifestarse y fue como un big bang...
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