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“Jet lag”

Lisandro Duque Naranjo

23 de julio de 2023 - 09:05 p. m.

El presidente Gustavo Petro todavía tiene tiempo de recuperar su ascendiente popular en Colombia —aunque quizá no tanto como para lograr resultados satisfactorios en las próximas elecciones—, si en un viraje desiste de cultivar con ausencias del país su estrellato teórico en Europa. Se entiende su atracción por la celebridad que disfruta en el Viejo Mundo cuando uno observa la muchedumbre de admiradores suyos que llenaron el aula máxima de la Universidad Libre de Bruselas, maravillados con sus revelaciones, hace una semana. Pero ese culto puede esfumársele si no se aplica con juicio a gobernar su propia parroquia, cuyas estanterías amenazan caos. En Europa necesitan que el líder del tercer mundo que los asombra con su verbo les llegue, como Anteo, con las plantas de sus pies untadas de la tierra de su comarca. Petro no es aclamado en la vieja Europa solo por su dominio riquísimo del tema del calentamiento global, sino por el hecho de que llega siendo presidente de Colombia, un país que suscita perplejidades en el resto del mundo. El presidente no es una pieza suelta sin umbilicalidad alguna con el país que preside. Por lo tanto, no debe descuidar esta denominación de origen que lo legitima.

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El solo hecho de que, aun estando en el país, no haya concurrido a San Andrés a esperar el fallo de la Corte Internacional de Justicia, así este hubiera sido adverso, es tanto más inaceptable si el mismo resultó favorable. Desde luego, haberse privado de estar presente en esta victoria afectó su conveniencia, su imagen, pero en caso de haberle tocado presidir la derrota estaba moralmente cumpliendo con su obligación. En los desconciertos es cuando los pueblos requieren a sus guías. Además, el solo hecho de haber aplazado el alborozo para el 20 le mermó brillo al evento, así el discurso haya sido excelente. Las celebraciones tardías de fechas magnas tienen el inconveniente de ofrecer ponqués revenidos y vinagres. El propio ejército que desfiló en el archipiélago recordaba aquel poema de 1926 de Luis Vidales, titulado “Cinematografía nacional”: “Los árboles / —por ser la primera vez que trabajan en cine— / aparecen / tiesos / cohibidos / amanerados”. Qué contraste con esos reservistas que el 19 llenaron la Plaza de Bolívar, tan agresivos y ominosos, seguramente manejados a control remoto por esa alta oficialidad a la que desairó Petro cuando se hizo pública la sentencia de la Corte, una semana antes. Cuando el gato se va, los ratones hacen fiesta. Y no solo los ratones, los gaticos cachorros también. Episodios ingenuos como el de Laura Sarabia, el de Irene Vélez y el del creador de la metáfora cursi y equívoca de la Barbie y Ken fueron, en alto grado, una consecuencia del ausentismo presidencial, que incluso cuando está acá, recién llegado, anda preparando maletas para ausentarse de nuevo. En política el jet lag es asunto muy peligroso, aparte de que un país con fracciones de su población en plan de alzamiento, con funcionarios improvisando decisiones y encima de eso inundado —el calentamiento climático haciendo de las suyas en la jurisdicción del presidente, mientras este se luce hablando de él por fuera— vive emergencias que no se pueden manejar por WhatsApp.

Y que conste que no soy un incondicional del localismo político, sino alguien que pondera la gestión internacional dejada a la mano de Dios por antecesores del presidente Petro en el solio presidencial. Aun así, con 21 viajes en 11 meses se pasó.

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