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Una alianza investigativa conformada por Cuestión Pública, Vorágine, Rutas del Conflicto, El Veinte y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) denunció la semana pasada la existencia de una pirámide de votantes de Abelardo de la Espriella. Supongo que desde estos medios ya pusieron al tanto de la trampa a la campaña de Iván Cepeda, y que éstos están tomando las medidas adecuadas.
Hasta el momento informan de un millón 400 mil implicados –policías, gobernadores, alcaldes y contratistas– (unos son incautos y otros deliberados). El hecho es que muchos fueron inscritos como gancho ciego por terceros, pues los requisitos son muy básicos: número de cédula, teléfono y correo electrónico, que son accesibles. Ahí puede caer uno, sin darse cuenta. Y el incauto puede enterarse accidentalmente solo si escribe a la Registraduría para inscribirse como testigo o jurado, y ahí salta la alarma. Entre los inscritos por decisión propia están alcaldes (por ejemplo el de Cúcuta, autoridades de ese nivel, y hasta gobernadores), y muchos funcionarios más, principalmente contratistas de Barranquilla, Catatumbo, Norte de Santander, Valle del Cauca y el eje cafetero y, por supuesto, de Armenia, Manizales y Pereira. En esta última ciudad se negoció el paquete completo de un millón 400 mil personas, cuyos datos y nombres se repartieron por todo el país. Ahí está la diferencia de votos –662.222– en la que aventajó De la Espriella a Iván Cepeda. El resto, hasta completar un millón 400 mil votos, se usaron para igualar el número de votos que ya Cepeda le llevaba de ventaja al llamado Tigre.
Me parece que fraude, pues, sí hubo. Y muy grande. De ahí que uno no entienda que se haya sacralizado tan extremadamente “el respeto a las instituciones” y que se haya vuelto tan innombrable la sospecha de fraude.
Los premios que otorga –que creo son tres apenas– esta defraudación son: primer premio: un viaje con Abelardo, en su avión, a un partido de la Selección Colombia en México con todo pago. Segundo premio: derecho a acompañar a Abelardo en su sede de campaña a esperar los resultados. Y tercer premio: asiento en primera fila para la posesión de Abelardo.
Sugiero –aunque hay expertos más calificados– un método para detectar por los jurados a los tramposos, sean estos deliberados o su nombre incluido sin consultárselo: que en las grandes concentraciones de votantes denunciadas (Barranquilla, Medellín, Norte de Santander, Valle del Cauca y Eje Cafetero), se sometan las cédulas a un segundo control, mediante una aplicación, para negarles el derecho a votar. Y que se las retengan por la Registraduría como cuerpo de delito para la investigación. Aún así, qué cuento de darles el dato al “quita-visas” del gabinete de Trump. Que no sean metidos.
Tiene que ser muy tacaño Abelardo para otorgar premios tan pichurrios. Pero, siguiendo sus pezuñas, lograremos que viaje sin ningún invitado al partido de fútbol en México. Y sin título de presidente. Y que de una vez cruce el río para quedarse en el país de donde es ciudadano.
Al doctor Miguel Ángel del Río, nombrado veedor de fraudes, le tocará abarcar varias regiones distintas de Barranquilla. Y descubrirá hasta dónde llegan los brazos de los clanes de los Char, Name, Zabaráin, Efraín Cepeda, Ashton, Meisel, Pulgar, Gerlein, etc., etc.
