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El mundo ha comenzado a asistir esta semana al performance que escenifica Donald Trump desde que se posesionó hace mes y medio. Se trata, sin duda, de un espectáculo que en el universo de las historietas era futurista, pero ahora, con actores reales, resulta increíblemente contemporáneo: Donald Trump es el Lex Luthor que quiere dominar el mundo y, mientras lo logra, “a partir del 2 de abril” (“prefiero el dos de ese mes en lugar del primero, porque soy supersticioso”), se refiere a lugares geográficos importantes (¿habrá algún lugar no importante en la tierra?) y los pronuncia como si se tratara de pedazos de planeta accesibles a su antojo: Groenlandia, Canadá, Panamá, Ucrania, México, Palestina, etc. A Europa simplemente la ningunea y ha puesto a sus presidentes a correr y a meterse la mano al dril. Ahí va hasta el momento. Tiene un escudero, Elon Musk, un villano tecnológico y multi-billonario del que casi podría decirse que pasaría sus fines de semana en Marte, si pudiera, pues para eso tiene una flota de naves espaciales parqueadas en sus plataformas. Este personaje, de momento, visita empresas oficiales norteamericanas y les cuelga en la puerta el letrero de “cerrada”, despidiendo a miles de empleados que ya serán reemplazados por robots que tiene listos en sus factorías de IA.
Yo no le veo problema a que para repeler a ese verosímil Lex Luthor, Supermán no exista para que salve a la humanidad. De hecho, y de momento, el gobernador de Ontario acaba de decir que “nosotros le vendemos la electricidad a Míchigan, Minnesota y Nueva York, y podremos dejar a esos estados en tinieblas”. Los licores y cervezas estadounidenses, de momento, ya fueron retirados de varias estanterías canadienses, así como la confitería y demás golosinas. Ayer domingo debió haberse llenado la enorme plaza del Zócalo en México, y Claudia Sheinbaum, su presidenta, con todo y su sindéresis, es una mujer de armas tomar. Groenlandia, con sus 57 mil habitantes, tiene elecciones el 11 de marzo, y la dominancia numérica es la izquierda. Si no han logrado independizarse de Dinamarca, que es su deseo, menos considerarían ser el estado 52 de la Unión si acaso Canadá aceptara ser el 51. Sus reservas de uranio están a 10 kilómetros de hielo de profundidad, y ya un experimento anterior de explotación les dejó la superficie tan contaminada que desistieron de eso. Panamá defenderá su Canal a muerte, no obstante su presidente tenga alma de títere. Palestina no dejará que le conviertan su territorio en una costa azul con hotelería tipo Dubai, que bastantes muertos han puesto (mas de 45 mil desde hace año y medio) frente a los bombardeos israelíes. Ucrania, con su Zelenski degradado por el propio Trump, se pacificará si es que su suerte depende de Europa, cuyos mandatarios prefieren una derrota en lugar de gastar plata. Y en cuanto a China, su gobierno ha dicho: “Estamos listos para la guerra comercial. Y para cualquier otra también”.
Los habitantes estadounidenses –incluso los que votaron por Trump–, ya habían entrado en estado de nerviosismo y poco falta para que empiecen a comprar productos de subsistencia básica en las grandes superficies. A las sociedades humanas les gusta jugar con el azar y el peligro, hasta que la certeza de la escasez las pone a invadir los almacenes para saquear los rollos de papel higiénico y las latas de atún. Bueno, y los televisores.
