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Era yo un adolescente vallecaucano, de cordillera, sevillano, miembro de una familia sin necesidades ni holguras extremas —vine a descubrir que fuimos pobres ya viejo—, cuando oí hablar por primera vez de los “caminos verdes”. Estas palabras tenían el poder de excitarme urgencias de trotamundos. Y aludían a los límites con Venezuela, hacia donde podía cambiarse de país tirando infantería por entre las trochas que suponía fluidas y edénicas. Maicao, una ciudad fronteriza, en mis fantasías era una urbe exótica en la que, en llegando apenas, uno podía permitirse el lujo de esperar hasta el día siguiente para salir a recoger plata del suelo.
20.000 años antes, los Homo sapiens asiáticos, entre los que aún sobrevivían algunos neandertales y uno que otro mamut, debieron llamar “caminos blancos” al piso de hielo y nieve —el Estrecho de Bering— por el que podían cruzar a pie hasta encontrar lo que 19.500 años después unos inmigrantes europeos llamarían América, creyendo haberla descubierto. Pero eso del “descubrimiento” es una discusión para el 12 de octubre. Esa migración antigua, a su vez, 30.000 años antes de pisar suelo americano, había llegado al sur de Europa partiendo de África, donde se fundó la especie humana. En esos tiempos no había quienes los ahogaran en el Mediterráneo.
La Tierra, pues, no solo se la pasa dando vueltas, de rotación y traslación, sino que quienes la habitan, desde sus orígenes, también se la pasan recorriéndola desde todas partes y hacia íntegros los lugares de su redondez.
Ahora, en Capurganá, Necoclí y Turbo, hay entre 8.000 y 12.000 personas procedentes de Somalia, Zambia, Bangladés, Pakistán, Cuba, Venezuela, Afganistán, Haití, etc., tratando de cruzar el Tapón del Darién para algún día llegar a EE. UU. En el camino, alcanzarán a miles de centroamericanos que van al mismo sitio, y dentro de un tiempo —¿cuándo?— coincidirán todos en agujeros en el desierto o en cambuches a lado y lado de las avenidas de San Diego, Los Ángeles, Phoenix, etc. Habrá miles que llegarán hasta Tijuana, donde pernoctarán provisionalmente durante 30 años, hasta morir o cruzar el muro. Los colombianos, sin embargo, aunque minoritarios entre esas huestes de peregrinos actuales, en los últimos 30 años del siglo XX alcanzaron a sumar cinco millones de errantes con bártulos que se instalaron ilegalmente en Nueva York, Caracas y Madrid. Y desde allá mantenían a quienes no estaban urgidos de emprender marcha. Estos últimos, por quedarse en casa, se ahorraron el que les dijeran “caliches” en la Venezuela del siglo XX, o “sudacas” en España, así como se les dijo “chapetones” —como en la Independencia— a los ibéricos que buscaron refugio acá cuando la crisis inmobiliaria del 2008. Y hasta ponen aire de suficiencia diciéndoles “venecos” a los inmigrantes que cruzan la frontera, rumbo a países del sur o quedándose acá, donde la policía los trata como “extranjeros” para atribuirles crímenes que los propios supuestamente no cometemos. Es una cadena: en Nueva York, los malos eran los puertorriqueños; en Puerto Rico, los dominicanos; en República Dominicana, los haitianos; en Costa Rica, los “nicas”; en Argentina, los “bolitas” (bolivianos), y en Europa, los africanos o los moros.
Por pobres o sufridos que estén, ninguno de esos trashumantes de ahora quiere quedarse en Colombia, si acaso pudieran. Y eso que ni siquiera han dado un paso del Golfo de Urabá para abajo.
