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HAY MOMENTOS, SINCERAMENTE, en los que uno casi que preferiría continuar desempleado, mirando para el techo, con tal de no someterse a los requisitos que debe cumplir apenas adquiere un trabajo.
A veces creo que muchos indigentes optaron por su condición nada más que por pereza de hacer ese mundo de colas y gestiones que la vida les exige a los juiciosos, productivos y buscones de salud. La responsabilidad es un suplicio.
Como soy de esos seres negados para los números, la llenada de los interminables formularios para estar al día en mi EPS se me convierte en algo así como una titánica declaración de renta mensual para la que tengo que rogarles su ayuda a misericordiosas secretarias. Y todo porque si hoy uno gana cierta cuantía, y al mes siguiente una distinta, las liquidaciones no pueden ser iguales.
Si a eso se agrega que, ya adquirido por el ciudadano el hábito de hacer los pagos en un determinado banco, un buen día llega a la ventanilla del mismo y le informan que ahí ya no es la cosa, sino que toca llamar a la línea 800 y pico, o ingresar a la página web tal y pascual, lo mínimo que puede esperarse de él es que le eche pestes al sistema y prometa a todo chorro no volver a pagar nunca más una cuota.
Hay que ver la cara que ponen los funcionarios ante esas amenazas patéticas: “No, pues, qué peligro, este señor va a quebrar al Estado”. Al día siguiente, sin embargo, ya mansita, la pobre víctima de la modernidad llama a la tal línea esa, y resulta que nadie responde. Esta semana, los ciber-arrebatos del ministro Palacio Mejía quien jura que todos los colombianos somos internautas, produjo un colapso descomunal entre miles de cumplidos cotizantes al sistema de salud y de pensiones.
No es sino que la gente le coja el tiro, por fin, a la observancia de un deber engorroso e inevitable, para que los burócratas se ingenien la forma de convertírselo en algo torturante. Creo que fue el poeta Roca quien dijo que “si Kafka hubiera nacido en Colombia, habría sido un escritor costumbrista”.
Qué tal, por ejemplo, eso del certificado de antecedentes disciplinarios de la Procuraduría, documento del que terminó antojándose la Personería de Bogotá, solo que en esta dependencia es gratuito, mientras que en la primera cuesta tres mil novecientos pesos. Esta suma, hasta hace unos meses, había que consignarla en el Banco Cafetero. Hoy en día, hay que pagarla en una dependencia donde la cola es larga como un río.
Cómo así que a uno le tienen que expedir una constancia de que es honrado. Yo de Derecho no sé nada, pero desde chiquito he oído decir que las personas son inocentes porque sí, hasta que se les demuestre lo contrario. Y en todo caso, si un aspirante a un cargo o contrato fuera sospechoso, el comprobarle sus culpas debiera ser un trámite de la entidad interesada en él.
Cuestión de pedirle la información a la base de datos, y listo. Hay qué ver lo cansada que se ve la muchedumbre cuando corona la ventanilla donde con gran rapidez le expiden el comprobante de que sigue siendo honorable. Una informática cínica espera al penitente luego de su romería. Manos feudales digitan los teclados del siglo XXI.
Y bueno, para quedar completos, está lo del bendito pasado judicial, aberración del DAS que cuesta veintiocho mil pesos. Con este documento le hacen a uno el favor de decirle que no es un criminal. Será darles las gracias por esa obviedad. El horario para conseguirlo lo concede telefónicamente una máquina, y si uno lo incumple, es sancionado con ocho días de espera. Eso es lo que se llama disciplina.
Vueltas innecesarias, ilegales, y cada cierto tiempo, cuando uno ya se ha resignado a satisfacerlas, modificadas para hacerlas indescifrables. Nuestras autoridades se aprovechan de que los usuarios necesitan trabajo para tratarlos como unos desocupados.
