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Reapareció en la política Carlos Alonso Lucio, y ahí lo tenemos convertido en un fenómeno viral en todos los “postcast” de YouTube. Lucio es uno de los miembros de la cúpula de “la Patria milagro” del nuevo presidente. También está Rodrigo Lara Restrepo, nuevo ministro del Interior, quien hace poco evadió el tema del supuesto voto por Firmes por la patria de Carlos Lehder, recién liberado de un carcelazo de 33 años que pagó en Estados Unidos después de la gloria ingrata de haber sido el primer extraditado del Cartel de Medellín, organización que asesinó a Rodrigo Lara Bonilla en 1984.
Rodrigo Lara Restrepo heredó la tragedia de su papá, a quien Luis Carlos Galán dejó solo: le abrió investigación en la comisión de ética del Nuevo Liberalismo, a causa de la trampa con un cheque que le montó Pablo Escobar. Un año después lo mataron. Con los hijos de Galán, Lara Restrepo no pudo hacer vida tampoco (se peleaban por quién era más reaccionario), y los dejó con su Nuevo Liberalismo del que él era también heredero. Así que emigró hacia Vargas Lleras, y ahora está con De la Espriella. Pasó hasta por Uribe. Contrario a su papá, es de centro o derecha.
Yo no compartiría un ascensor con Lucio ni con De la Espriella. Me dan miedo. Con Lara Restrepo tal vez sí, pero no le daría los buenos días pues tiene cara de gruñón. Una vez se peleó con un portero en Corferias y lo desafió a darse puños, para lo que utilizó el estilo de fajador de George Foreman. El portero arregló por las buenas.
Los tres ocupan, de momento, el mismo ascensor, y vaya uno a saber por cuánto tiempo, porque no se sabe cuál de ellos va a llegar solo a su destino. De la Espriella es un tipo cansón con su verbo inflamado de groserías anti-izquierdistas: “Horda de desadaptados”, “zurdos pestilentes”, “plaga de criminales”, “cáncer de mafiosos”, “recua de calandrajos”, y una cantidad de sinónimos que no he logrado memorizar por haberme quedado dormido en la mitad. A sí mismo se valora como un “hombre de ciencia”, “un tenor lírico” y “un varón”, de los que no es ni la sombra.
Lucio es imparable, feliz disertando, con su dicción perfecta, puntuación impecable, saboreándose las erres, enamorado de su propia labia. “Habla más que un perdido cuando aparece”. Se desaparece por años, la penúltima vez fue porque quiso robarle dos inmuebles a un amigo que confiando en él se los escrituró para que obtuviera un préstamo. Y se los quedó. Y cuando el señor lo denunció ante la justicia, para defenderse lo acusó de robárselos a él. Su canazo se ganó. Al escritor Arturo Álape, por allá a comienzos de los 90, le encargó un libro sobre Bogotá –para el que le dio unos datos estadísticos hechos por él–, y publicó el libro como autor.
Durante el gobierno de Pastrana, hizo una correría selvática para convencer a Gabino del ELN a desmovilizarse, y después les vendió sus servicios como asesor a los paras de Santa Fe de Ralito. Donde Carlos Castaño llegó, pero este no se dejó encarretar, así que lo tuvo amarrado y prefirió entregárselo a las autoridades. Ahí fue cuando le habló dios y le reveló la palabra. Es bastante temerario este pirata, hay que reconocerlo. Fue un freelance del M-19, por influencia de su tío Ramiro, pero usaba el fusil solo para las fotos. Un día va a llegar De la Espriella a Palacio y se va a encontrar con la sorpresa de que Carlos Alonso vendió el chuzo y le puso las maletas a José Manuel en la puerta.
