La fecha de posesión de Joe Biden, de la que estamos en vísperas, sirve para tararear el “ya llegó el veinte de enero”, esperando que no se repita la trifulca con cachos de bisonte del pasado miércoles seis. Ni que se suelten los toros del odio en Washington, pero tampoco en Sincelejo.
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Es muy afortunado que retorne la paz en el país del Norte, que regrese el régimen democrático alterado, que podamos pensar que es el antiguo compañero de fórmula de Obama quien llega al poder. Esto pues el noble y bien amado Barack, él y su mujer, conquistaron el alma norteamericana y de todo el mundo sosegado, por encima de prevenciones de raza.
Reivindica el nuevo mandatario gringo la mayor edad, relegada por estos tiempos a esquinas de compasión, cuando no a sospechas de Alzheimer. Vuelve Cicerón con sus valores sobre la edad mayor (De Senectute), vuelven el buen juicio, la sensatez y el respeto, el mismo de aquel famoso “precedi” (ser precedido). Calma y sosiego que se han visto en Biden y hasta buen humor. Ha dicho, en respuesta a una agresión de Trump, que hay algo en que coincide con él plenamente y es en que prefiere que el rabioso derrotado no asista al acto de instalación.
Después de unos pocos días de relativo descanso, encierro (en el que ahora permanezco) y reflexión, cavilo para mi fuero interno que la paz de los países y ciudades mucho depende de su permanencia.
Se puede hablar de paz cuando está afincada, establecida y cuando los ciudadanos confían en ella. No hay paz porque se la decrete ni porque se firme entre los telones de un teatro un cese de hostilidades, sobre muchas claudicaciones del tipo rendición.
Paz es la que ha durado, se ha consolidado y es segura. De ahí que sea tan lamentable que costumbres de respeto, como el que se había tenido con la sede del Congreso norteamericano, se deshagan de un momento a otro. En Estados Unidos se ha roto una noble tradición y ello es irreparable por años. Vendrán nuevos intentos insurreccionales, pues ya los vándalos saben que es posible arruinar edificios e instalaciones antes intocables. Se avecinan para ese país tiempos de incertidumbre.
Pasó aquí entre nosotros con el 9 de abril del 48. Una revuelta ciudadana de esas magnitudes no se había presentado antes, ni cabe mencionar el inocente Cabildo Abierto del 20 de julio. Habrían de pasar 50 y más años de inestabilidad, como lo predijo el propio Gaitán cuando habló de su eventual asesinato, en ese momento impensable. Tanto que un mediodía de sol bogotano salía el caudillo liberal del brazo de sus amigos a almorzar en un hotel cercano, sin precaverse de ningún peligro. En la tarde llovió sobre la ciudad incendiada.
Se cree en la paz si pasa un tiempo y, por supuesto, si no se la ha pactado con rompimientos constitucionales. La paz ha de ser una costumbre y un respeto habitual.