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Adoctrinamiento y mentiras

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Lorenzo Madrigal
26 de abril de 2021 - 03:00 a. m.
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Al fin entendí, no sé cuándo, que los llamados “positivos” en lenguaje militar equivalían a resultados a favor de la acción que se adelanta contra el enemigo. Como quien dice batallas o refriegas que se ganan dentro de una guerra, de suyo deplorable, como toda guerra.

Llegué a pensar que Nagasaki y Hiroshima fueron para Truman —y para nosotros, sus aliados— verdaderos positivos y me aterré. De hecho la guerra mundial se ganó. Cuando el chino Pascasio Martínez le intimó prisión a Barreiro y cuando Santander arcabuceó al español, ambos entendieron que le aportaban positivos a la causa de la independencia.

Adoctrinamiento y mentiras
Foto: Héctor Osuna

De ahí y en sentido contrario, como dicen las reinas, falsos positivos vienen siendo acciones que, sin serlo, se hacen pasar por aportes a la lucha. Colegí, en consecuencia, que no podían ser obra de los comandantes sino más bien un engaño que a estos se les hacía por parte de subalternos díscolos. “Mire, comandante, aquí le traigo estas bajas del enemigo que conseguimos en combate”, y quienes daban el parte falso eran premiados en la valoración militar.

Me pregunto por qué hasta en escuelas públicas las maestras les sugieren a sus alumnos que los falsos positivos fueron asunto de los comandantes o del comandante general de un ejército, siendo que estos padecían el engaño de sus subalternos, que bien podían ser oficiales, suboficiales o soldados rasos. Se sabe que se les hacía creer que ganaban batallas contra los enemigos armados y lo que hacían era atacar sin lástima a pobladores civiles disfrazados post mortem con los distintivos enemigos. Crimen el más espantoso de la historia de las guerras, si no fueran todas ellas espantosas.

Cuando esto ocurría, la guerrilla no sufría tales embates, sino que los sufría la población inocente. Lo más curioso es que hoy los simpatizantes de la lucha armada —incluidas educadoras que adoctrinan párvulos— dan por hecho que los falsos positivos, crímenes atroces, fueron obra de los comandantes o presidentes del tiempo en que ocurrieron. La guerrilla misma se siente legitimada en la causa para acusar a las fuerzas del Estado por tales atrocidades, como si hubieran sido causadas contra ella; crímenes que por el contrario la dejaban a salvo; a cargo, sí, de su propia barbarie.

Otra cosa es que esto de los positivos, en su vicioso concepto, sea de espanto si se trata de una exigencia que se hace a las tropas, circunscrita a bajas. En la guerra hay conquista de posiciones, sometimientos, rendiciones, también bajas en combate o muertes, pero estas deberían lamentarse, no programarse. Claro está que guerra noble o de caballeros no existe, menos en el presente, tanto que el derecho mismo ha tenido que crear la tipicidad de crímenes de guerra, para identificar atrocidades que ocurren durante la guerra, peores que la guerra misma.

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