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Una cosa es tener algo que decir y otra es tener que decir algo. Es dilema del columnista habitual. Está servido quien opina sobre hechos recientes, protuberantes. Ahora bien, cuando lo que está pasando, pese a abrumador, está supercomentado, la disyuntiva es callar y dar compases de espera para observar la evolución de las cosas.
¿Y por qué el comentarista tiene que decir algo, acaso su opinión va a cambiar el curso de los acontecimientos? Para nada. Es, quizás, un ejercicio mental. ¿Y por qué no hace su ejercicio mental en otra parte, sin molestar a nadie? Quien dice esto es posiblemente un enemigo de sus opiniones. Y aquí está una razón para opinar y hacer valer lo suyo, en especial si es también compartido por otros, gente que el columnista estima razonable.
Digamos algo. A ver, sobre la llegada del socialismo de extrema al Gobierno del país por una mayoría escasa, que bien hubiera podido ser vencida en elecciones, es algo que está sobredicho; la advertencia se hizo, para quien quisiera escucharla. Lo dijimos sin pizca de autoridad para ser atendidos entre la gritería. Un juego interminable de vanidades —egos, suelen llamarse— impidió que alguno de ellos ganara y por el medio pasó el opositor de todos.
Que no pocos iban a plegarse al nuevo dueño de las riendas se dijo, y que iban a ser desechados a poco andar de las cosas ocurrió más pronto de lo imaginado. Con dolor de patria vimos salir a hombres y mujeres valiosos, despedidos sin respeto alguno, demostrándose el autoritarismo que había llegado, algo más que advertido.
Que la economía de negocios en picada desataría el alza incontenible de precios era previsible en todos los campos de la producción y el consumo. Cuando el país se recuperaba de la espantosa pandemia, esto ha sido otra igual de contagiosa, porque los precios suben solo porque se diga que pueden subir.
La llegada al mando de la nación de quien surgió a la vida pública como amigo del desorden no auguraba paz y menos la paz total, sino la zozobra que se ha vivido en nueve meses de gobierno y la pérdida de la seguridad, en forma absoluta; para citar un solo caso y este urbano, el de los negocios que dan a la calle, el de esas pobres víctimas de la extorsión incontrolable.
Casi todos los comentaristas a favor del nuevo orden (o desorden) han regresado, más pronto que tarde, a sus viejos cuarteles donde han esperado por años “que llegue la mentida crisis”. Bien intencionados, buscaban lo mejor. No era tan malo lo anterior. El apacible ciudadano que manejó con prudencia de adulto (tal vez no lo era aún para la Presidencia) la grave calamidad sanitaria que azotó al mundo fue denigrado hasta lo más innoble y hoy podría ser echado de menos. El orgullo nacional igualmente endémico no lo va a reconocer así, pero en la conciencia de muchos hablará el silencio.

