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Artículo de fe

Lorenzo Madrigal

02 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

El nombre de Dios campeaba en la Constitución Política desde su artículo primero, iluminando la república. El país no solo era constituido como república unitaria sino también como unitario en la fe, igual a tantas otras repúblicas de Occidente. Esto en Colombia se lo tomaba con rigor, el presidente y el alto gobierno asistían a procesiones con traje ceremonial; el pueblo, los colegios, desfilábamos con carbones encendidos (velas, que enceraban nuestros vestidos de paño). Me veo en la fría noche de Bogotá, un 15 de agosto de 1950, cuando se proclamó el dogma de la Asunción de María; ayunábamos, la abstinencia de carnes —vigilia, también se la llamaba— comprometía a tiendas y supermercados.

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El calendario civil se ajustaba al eclesiástico y las fiestas de los santos eran días de celebración religiosa y vacacional. Un hombre, por paradoja el más católico y conservador, Raimundo Emiliani, siendo ministro del Trabajo, acabó con las fiestas religiosas y las sustituyó por días festivos simplemente, por lo que el mundo laboral quedó muy agradecido por tanta semana rota de vacaciones.

Un día, siendo yo muy niño, iba a venir a Colombia un cardenal de la Iglesia romana, de nuestra santa, católica y apostólica, su eminencia, Clemente Micara. Medellín, la ciudad levítica, se estremeció; imagino que Bogotá también. Hoy en día es cualquier cosa ver a un prelado de banda escarlata cruzar la calle. Bueno, es que eran los tiempos en que el solo paso del Santísimo Sacramento por una avenida, en un raro Chrysler 38 café, lo recuerdo, nos hacía hincar la rodilla. Tratándose de la forma sacramental de la Eucaristía, esto último lo encuentro justificado. Quien estas líneas escribe respeta con orgullo las más viejas tradiciones (déjenme vivir, déjenme acabar de vivir).

Fuera del reflejo de la Iglesia en el paisaje general del país (mírense los pueblos y las ciudades de Colombia y pregúntese si a alguno le hace falta una iglesia central de cierto esplendor), la opinión eclesiástica, en conexión con Roma, influye de alguna manera en el poder político. Cuando se venía abajo la dictadura del general Rojas, un sacerdote eminente de la casa presidencial se topó en el segundo piso con uno de los generales del régimen y este lo increpó duramente porque el entonces cardenal Crisanto Luque, de quien ese mismo clérigo era secretario, se había pronunciado en contra del general jefe supremo.

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Foto: Héctor Osuna

Lo religioso en la república cambió mucho. De aquel binomio Iglesia-Estado pasamos al mero Estado laico. Precisamente por eso nos parecen extraños el proceder y la actitud del general Sanabria, encarnación viva de aquella Iglesia ancestral, radical y diríase que fanática: su cara filuda, sus párpados melancólicos y cenicientos, su mirar detenido ya nos hacen ver al director general de la Policía como un cazademonios de guerra.

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