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Cadáveres

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Lorenzo Madrigal
20 de marzo de 2008 - 01:23 a. m.
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Durante la semana santa, los fieles católicos como también los de las llamadas iglesias cristianas, hemos venerado a Cristo crucificado, como quien dice, el cadáver de Jesucristo en la cruz.

El arte ha tenido por tema durante siglos este cuerpo muerto de Jesús, que sucedió en la historia del arte a los desnudos grecorromanos, en no pocas ocasiones con parecida sensualidad. Son célebres los Cristos de Salvador Dalí, uno visto desde arriba, en escorzo sorprendente y el que se proyecta desde abajo, entre cubos, con especial fuerza y belleza. Y entre los muchos cadáveres del descendimiento, la impecable obra escultórica de Miguel Ángel, conocida como La Pietá, se destaca por la encarnación que derrota el mármol en que está labrada, por el movimiento de un cuerpo desgonzado y por el dolor majestuoso de la madre del crucificado.

Esta semana veneramos un cadáver sagrado, como el que más, el mismo que José de Arimatea reclamó para ungir y depositar en una tumba con gran decoro. La semana pasada vimos, en cambio, profanar otro u otros, no comparables, por supuesto, pero igualmente humanos, con características similares al cuerpo que ocupó la divinidad al encarnarse. Al asumir la condición humana, Cristo la dignificó y entregó a la historia la imagen derrotada, amén de exaltada, de su cuerpo muerto.

Una mala costumbre militar ha sido la exhibición de las bajas ocasionadas en el enemigo (en los llamados, no sin cierto infantilismo de milicia, “bandidos”). Un cuerpo muerto es digno de la mayor consideración, como que lo habitó un espíritu, con todas las excelencias y todos los errores de una vida, sometida ya al juicio de Dios y al de la historia. Es, además, una patética demostración de lo que seremos, más tarde o más temprano, los demás mortales, que observamos ese cuerpo como las moscas observan a sus congéneres asesinados contra la ventana.

Muy diferente es el trato heroico que se brinda, con toda razón, a los militares caídos en combate, por lo general y dolorosamente, jóvenes que han dejado sus vidas en las mismas montañas de sus enfrentados, pero, los de este lado, en defensa de las instituciones. Qué respeto, cuántas banderas, qué cubrimiento inmediato de los despojos. El pudor, al menos, por sus cuerpos muertos debería cobijar también a los caídos del frente contrario.

La guerra es salvaje, despiadada, pero una caballerosidad militar se echa de menos en los actos y voces de los que cumplen acciones de guerra (“¡Al barbuchas ya lo tenemos!”, “¡ustedes no se dejen matar chimbamente!”, perdonen, pero fue captado en grabación, que el ministro exigió fuera escuchada por el Senado). Como reprochables son los cuerpos exánimes que se exhiben como positivos. Es paradójico, pero también a los muertos se les violan, y de qué manera, los derechos humanos.

Nada habría que agregar con respecto a las mutilaciones, que recuerdan cínicos secuestros como el de Paul Getty III, cuya oreja fue enviada a su millonario abuelo en prueba de supervivencia.

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