Un súbito cambio de tono no es fácil de asimilar. Desde joven he tenido dificultad para la transición que significa entrar a una sala de cine cuando las luces ya están apagadas; si no es con una acomodadora, acabo sentado sobre las rodillas de una señora de 57 años.
Pasa ahora cuando todo es distinto y ocurre de repente. El presidente de Colombia —valga un ejemplo— va a visitar al dominador de la región izquierdista de América: al zar don Nicolás Maduro Moros. Él no se dignó recibir a nuestro jefe de Estado, de maletas en Maiquetía, sino que este debió llegar a la casona de Miraflores, que se muestra bella por las fotos. Excelentes cuadros, magníficos y magnificado don Simón Bolívar por el pintor Michelena o por algún otro, porque se entenderá que no me refiero a los retratos del Libertador que encargó Hugo Chávez, del tipo bus-escalera, coloristas y divertidos para la galería.
No fue Maduro al encuentro en la frontera hace un mes ni creo que se deje ver en Cartagena, como de manera apenas insinuada lo invitó Petro para rematar diálogos entre industriales en el Caribe. Maduro, al parecer, no sale de Miraflores y podemos recordar el susto que pasó durante una revista militar en Caracas, cuando le lanzaron aquel sobretodo antibalas, tan impresionante. Pero no es sólo eso: Maduro tiene gran presencia en su casa señorial, él mismo es elegante y es seguro que afinó maneras en su paso por la diplomacia. El buen ver no riñe con el socialismo ni con la izquierda: no hay nada más exquisito que el despacho de Putin, helado entre aquellos mármoles verdes, y el propio salón oval de Estados Unidos, tan reconocido, tiene lo suyo.
Muchas cosas han dado un vuelco. Una ministra de Trabajo que no actúa bajo presión del proletariado sino que, de una vez, es ella comunista; el de Educación que pasa de rector de una universidad de élite a funcionario de un régimen de izquierda; la señora de Minas revolcando con sus decisiones sobre la industria petrolera la economía del país, y así se van viendo otros extraños casos, como el mismo de reunirse y autoacreditarse defensores de derechos humanos quienes se han realizado como revolucionarios o gobernantes déspotas, en la línea que contradice tales principios. Cuando ya uno se acomoda en el sillón que es, una vez pasa la transición de la luz dentro de aquella oscura sala de cine, la película pude parecerle hasta buena.
Los que han propiciado el cambio súbito de un sistema político y económico a otro saben muy bien lo costoso que resultará para el país en general y para cada persona y su familia en particular.
Es importante que el desespero por la gravedad que vayan presentando los hechos nuevos no termine reflejándose en la pérdida de las libertades públicas.