Hasta la sepultura tal aprece haber sido mi sino. Por muchos proyectos pasé y no hace mucho me decía, para risa de mis amigos, que todavía no había decidido la real vocación de mi vida.
Pero el tiempo no dio espera y quedé anclado en esta afición de niño: figurar personajes, bien en retrato, bien en caricatura. Repartí fisonomías graciosas para despedir promociones en mis años de seminario jesuítico y, desde niño, imité las portadas de Semana, dibujadas excelentemente por Jorge Franklin.
La cara más dibujable. Echando reversa, fue la del presidente Guillermo León Valencia. Su expresión se me dio desde un principio. Ya en el poder, para mí era delicioso figurar aquella nariz aguileña acaballada sobre un bigote, a su vez sembrado en un mentón prognato. Como quien dice que el mayorazgo de Casa Valencia era cumbambón. Su mirada de fiera y su actitud de prócer engolosinaron mi pluma.
El más difícil. Yo no he tenido buen pulso y el que tengo es educado. Tropecé siempre con la dificultad de delinear la curva casi perfecta de la calva del presidente Carlos Lleras Restrepo. Hoy me hubiera ayudado del programa Paint, pero entonces me ocasionó varios papeles rotos.
La anécdota. Pinté con dureza al procurador Guillermo González Charry, mi antiguo profesor en el Colegio Mayor del Rosario. No aprovechaba sus grandes ojos verdes y sólo me pegaba de sus cejas pobladas, pues lo dibujé vendado una y otra vez. Hombre cordial y tolerante. Me lo encontré en el descanso de las escaleras de piedra del mismo claustro y nos abrazamos, pues habíamos dejado de vernos largo rato. Ocurrió que subía el profesor —y guasón— Luis Carlos Sáchica, quien exclamó ante tan insólita escena: “¡Así quería verlos!”.
El más respetado. Sin duda alguna, el presidente Alberto Lleras Camargo. Aunque a mí se me ha marcado con el laureanismo, yo amé a otros presidentes y políticos, entre éstos a Alberto Lleras. No quería hacerle daño: su configuración craneana buscaba los ángulos, huesudo como era. El arco de sus cejas no era un arco, eran dos agujas que caían en diagonal sobre el puente de la nariz. Y sus dientes, aunque siempre preferí trazar el labio mordido y cerrado y los demás accidentes que ocurrían en ese rostro por la contracción labial. Amé su juventud pálida y yerta, cuando llegó al poder el año 45, cumpliendo los cuarenta años.
El más bonito. Ospina Pérez era para las señoras de Medellín lo que llamaban “un lapo de hombre”. Para los políticos de provincia “el zorro plateado”, por su cabellera abundante y bien peinada, con carrera al medio, que ya comenzaba a platear. En el poder, su presencia imponía y su autoridad sencilla, pero solemne por la época, hacían que se le llamara “Su Excelencia”. Me emocionó verlo llegar a mi colegio y el suyo, en 1947. Ya antes lo había dibujado.
Después de algunos ruidos, Osuna vuelve a sus campamentos de invierno.