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25 Jan 2021 - 3:00 a. m.

Con datos biográficos

El retrato es género esquivo que cultivo; que en pintura soy sólo retratista, se dice —y no fuera poco— en el lujoso libro de la pintora y caricaturista Beatriz González. Lujosa edición en tres tomos, que ese gran hombre de los libros, Benjamín Villegas, me hizo la gauchada de enviarme. Destaco el gesto del gran editor y amigo, pues hasta libros que he ilustrado —dígase, de Enrique Santos— he tenido que salir a comprarlos.

Beatriz, la autora, no es mi amiga, pero no me demoro en elogiarla, por sus méritos de dibujante y pintora, caricaturista ella misma y colectora afiebrada de sus colegas colombianos, entre quienes nos hace el honor de mencionar, con mayor o menor simpatía, muy dueña de su obra y demasiado dueña de la historia de nuestro oficio.

Bien por destacar a Pepe Gómez, el hermano de Laureano, y mal por negarse a pertenecer ella misma al gremio con sus siluetas divertidas, que han cosechado méritos en el mundo del arte. Loor a Beatriz y pesar por los malqueridos suyos, quienes en linda edición ven opacarse su presencia histórica.

Volviendo al retrato —ténganme paciencia—, diré que en él se encuentra el resumen del buen dibujo y el logro de la expresión humana. Hay desde los voluntariamente ingenuos de Maripaz Jaramillo, los entrevelados de Antonio Roda, hasta los exquisitos y deliciosamente absurdos de Magritte, y no se diga los de gran materia de Rembrandt. El retrato perdura como género, porque es testimonio y es historia.

Sí, amable recopiladora de la Historia de la caricatura en Colombia, soy retratista en mis horas libres, se me da la pintura de caballete y cuento sin pudor mi biografía autorizada en esta materia: dejé en España (en tiempos de Franco) un pequeño esbozo de Lorca, afortunado, que lo adquirió un comprador, anónimo, claro está; tengo obras de este género en la Universidad de Antioquia, en el Colegio del Rosario, en la Cancillería, en la Sociedad Amigos del País y en otros nobles lugares. No me lleno de gloria con esto, pero me sorprende que hayan pasado los años y que mi obra, como gota de agua, haya configurado un cierto acopio. Y me olvido del retrato de Rodrigo Lara Bonilla, que preside en Neiva, pintado en la conmoción de su asesinato y cuando uno de sus hijos, que era niño (vaya uno a saber si hoy es precandidato presidencial), gritó desde el palco de la Asamblea: “¡Mi papá!”.

Se me ha solicitado algunas veces para la colección de presidentes. No he aceptado porque no podría contratar con el Gobierno, ni obsequiarle mi trabajo en prueba de afecto, que por lo general no lo tengo. En el caso Santos hubiera atendido el deseo del presidente, pese a las diferencias, pero me abstuve de hacerlo por las razones aducidas. Lo pintó en magnífica forma Juan Cárdenas, siempre con aquella original atmósfera que es propia del admirado artista.

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