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Del orador a las obras

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Lorenzo Madrigal
17 de octubre de 2022 - 05:30 a. m.
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La palabra es una cosa y la acción es muy otra. La noche garantiza el silencio; la luz del día abre todas las bocas, las de los seres humanos y las de otras especies vivas y se produce una saturación de sonidos. Voces de vertebrados pensantes, ladridos de vigilantes caninos, trinos de aves, mugidos de cornúpetas y el piar de los críos en el corral. Por la ventana de mi estudio, miro a un polluelo recién nacido. Pequeñeces de mi huerto. Ya camina, casi vuela, la mamá no lo deja, mientras don gallo, un señor responsable, ronda el entorno y el peligro.

A mí me sorprende que del silencio nocturno se pase a la algarabía de las noticias matinales, alarmantes, y me quedo pensando en que ese locutor o locutora, que hace unas horas dormía el sueño de los sanos, con la boca abierta, como dejado del mundo y sus pasiones, sea a la primera hora laboral el o la vociferante que nos sacude sobre lo que está pasando. No les creo; si dormían es porque no era tan grave la situación y el día empieza. Me atengo a Calderón: “Que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son”.

Perdóneseme. Lo que pensaba decir es que a muchos se les va la acción en el discurso y la decisión pragmática se queda en las palabras. Veámoslo. A mí me recuerda este presidente locuaz y puntillero, reducto del parlamento, a otro gran orador desde la curul: al noble Guillermo León Valencia, si las hordas clasistas empoderadas me permiten mencionarlo. La derecha está asustada, todos a una están en la izquierda o con la izquierda, por conveniencia apresurada.

Del orador a las obras
Foto: Héctor Osuna

Una cosa dice el jefe de gobierno de hoy en discurso subrayado de matices de clase, sobre asuntos impracticables a corto plazo, los mismos que trata de traducir a la realidad el gran ministro cabeza blanca, don José Antonio Ocampo. Tanto es así que el presidente se queja de tropiezos secretos dentro de su Gobierno, sin mencionar a este hombre sensato que le ha dado seriedad y buen puntaje al comienzo de su encargo democrático.

Según el auditorio y siempre en campaña, el presidente tiene un discurso; en el Senado había que buscar las pruebas, ahora la posibilidad de realizar lo prometido. El hombre habla y el público mira hacia donde está el ministro, como dice en Tik Tak María Isabel Rueda.

La comparación quedó trunca y en la delicada susceptibilidad actual podría no gustar (porque estamos pisando huevos). Guillermo León no veía la ocasión de perorar, con su tono característico, muy imitable por humoristas y suplantadores. Poco veíamos al mandatario de Casa Valencia ocupado en la prosa de los hechos; él era el poeta, su programa oficial fue siempre el poema de su padre, Guillermo Valencia, titulado Anarkos, el que volvimos a leer y a comprender la sabiduría allí contenida de acción social redentora de la pobreza, generalizada como siempre en el país.

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