Que es un simple ciudadano que aconseja, que tiene alguna responsabilidad con el país por haber ejercido la Presidencia, que el presidente es Duque, con quien habla con absoluto respeto. Nada de esto es completamente cierto en las palabras de un Álvaro Uribe ya algo desgastado en lo físico, pero indudable factor de decisión, quiérase o no, en la vida nacional.
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Nunca había sido más claro que el verdadero poder ejecutivo lo ejerce por tercera vez el señor Uribe y, si no fuera porque Juan Manuel Santos se le rebeló, sería la cuarta y quinta vez que este segundo Núñez ejerce indiscutiblemente el poder.
Que la economía iba muy bien, léase, con su aprobación; que la reforma tributaria era otra y no la que se presentó al Congreso. Que Carrasquilla no era —y ahora venimos a saberlo— su vocero, sino que la reforma era la que le llevó Tomás, su hijo, al presidente y a la bancada en vísperas del estallido social.
Fue esta la verdadera gran falla y desacierto de Duque, a juicio de su mentor, y la que causó nada menos que la debacle electoral que se avecina para el 2022. Uribe se siente derrotado y se entiende su desespero, que es el mismo del país de sentimientos democráticos. Se vino un cambio (como acaba de decirlo, con evidente participación en política, la alcaldesa de Bogotá); llegó la hora de una reforma, de una refundación de la república (¡!).
Es claro que Uribe parece cobrarle a su pupilo (en reportaje de W Radio, comandado por Juan Pablo Calvás) el deficiente manejo de la protesta social, el destrozo del país durante un mes de flojera gubernativa y, como si fuera poco, el pacto insoportable de autoridades del Estado con los alzados en bloqueo en el puerto de Buenaventura. Es aquí donde la opinión maliciosa puede entrever una coincidencia, mal disimulada, con el exvicepresidente Germán Vargas Lleras, quien también levantó alarma sobre este mismo tema de las mercancías retenidas en puerto.
Vargas vendría a ser para algunos la carta desesperada del país en ruina política y económica para el debate electoral del 2022. Hombre probado, hombre recio, desgastado por tejemanejes de menor cuantía. El país ha reaccionado a favor de estos Lleras de viejo cuño, por su sentido de autoridad; llegan también a su favor las palabras del expresidente Pastrana, según su dicho, ante la escasez de candidatos.
No se descarta que podría darse el resurgimiento de quien ha venido optando por la Presidencia de la República y a quien guerrillas y extremas han querido borrar del mapa político. Sería otro que Uribe habría habilitado, claro que en este caso no propiamente un hijo de su entraña electoral. Lleras sería un socio, nunca un subordinado. Hoy por hoy es fácil conciliar con él; mañana será imposible moverle la silla.
El banquillo de acusados de la poderosa W ha estremecido los cimientos políticos.