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Duque, el malo

Lorenzo Madrigal

09 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

Me uno al cúmulo de denigrantes del presidente Iván Duque, en momentos en que decir algo a su favor es peligroso, dado que los manifestantes en su contra —considerados pacíficos— manejan tal furia que por poco queman vivos a los agentes de un CAI de la ciudad.

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Enumero, entonces, algunas de las fallas de Duque:

Se distrajo animando al país en medio de la pandemia; quiso disipar la angustia colectiva y se le fue el tiempo en ello.

Recalcó los cuidados de la salud hasta el cansancio; utilizó a uno de sus mejores ministros en esta agotadora misión.

Llevado por su afición a visitar las regiones del país, abandonó el despacho a su cargo y hubo un día en que no lo encontró en su puesto la minga indígena; grave, tampoco se dejó apalear por ella en legítima encerrona en el Cauca.

No ha debido apersonarse de la tragedia de Providencia, a donde viajó más de una vez, malgastando esfuerzos.

Su presencia en San Andrés pudo molestar a Nicaragua.

Cómo se le ocurre enfrentarse a un gobierno de izquierda democrática como el de Venezuela, país vecino, exponiéndose a ser insultado por el que otros llaman dictador.

Se las dio de buen samaritano con los inmigrantes, tomando tal actitud del evangelio cristiano, siendo que este es un país laico.

Se ufanó de presidir el Grupo de Lima; un mandatario colombiano no debería jugar a una preeminencia americana.

Ha debido aprovechar su inglés fluido para una labor internacional, segunda lengua que maneja bastante mejor que otros, a quienes Duque les parece “que habla bonito”.

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En tiempos de crisis utilizó el dinero del Estado en viviendas populares y escuelas públicas; cómo se le ocurre.

Mantuvo la aparente dignidad de su cargo, pero aguantó en silencio a un Uribe intimidante, lo que le reportó, no vamos a negarlo, una buena imagen internacional.

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Tan malo ha sido que debió sufrir desde el primer día de gobierno improperios, envidias generacionales y dibujos infames.

En materia de paz de Santos, a muchos les pareció que atendía más al plebiscito que la rechazó de tajo que a los saltos constitucionales a que lo obligaban las maniobras de su antecesor, el cual dejó castigado al país por tres períodos sucesivos.

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Llegó a ser llamado, junto a quienes lo apoyaron cuando el Sí y el No, “enemigo de la paz (de Santos).

Todo esto le podrán achacar sus opositores, pero este columnista hace la siguiente salvedad, si le fuera permitida:

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Hizo Duque un discurso blando de posesión, por el cual se le perdió el respeto; prácticamente ganó sin ganar, hizo luego dos o tres malos nombramientos, tal vez impuestos, y uno de ellos terminó arruinándole su gestión histórica.

Es esta la historia del gran Duque, como aquel otro cantado por Quevedo, “al que dieron muerte y cárcel las Españas, de quien él hizo esclava la fortuna”.

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